Película. Los Indestructibles – Stallone, 2010.

Desde que vi el póster supe que quería ver esta película y es claro que quienes lo diseñaron no tenían en mente otra cosa que no fuera atraer a las audiencias por medio de juntar a tantos hombres que hicieron época y a los que nunca creímos ver hombro con hombro en el mismo filme. La melancolía por las estrellas de acción de los ochenta y ver a Stallone de nuevo en la silla del director me llevaron corriendo al cine. Ahora comparto con ustedes mis impresiones al respecto.

Barney Ross (Stallone) es el líder de un grupo de mercenarios harto eficientes que pueden realizar misiones por el mundo entero siempre y cuando se les paguen millones de dólares por ello. El equipo tiene todos los elementos que el convencionalismo cinematográfico dicta: está el mejor amigo y mano derecha (Jason Statham), está el divertido (Randy Couture), está el reflexivo (Jet Li) y el agresivo rebelde, incapaz de seguir instrucciones (Dolph Lundgren).

Toda la primera secuencia es la presentación de los personajes, para que el espectador se vaya familiarizando con ellos y se dé cuenta de lo eficientes que son, de lo rápido que pueden matar, de lo bien que manejan las armas pero, sobre todo, de que a pesar de que asesinan a sangre fría son personas con mucho corazón y actúan basados en la justicia. ¿Contradictorio? Claro, pero es una manera fácil en la que el guionista comienza a establecer lo que luego va a ser una obvia “vuelta de tuerca”.

Luego de esta secuencia de presentación vemos cómo se desarrollan las vidas de los personajes. Statham tiene una novia que le puso el cuerno por desaparecerse durante meses y Stallone no tiene vida alguna; sin embargo, nos presentan al que es a mi gusto el único personaje sobresaliente de la cinta: Tool (Mickey Rourke). Ojo, que sea un personaje sobresaliente no significa que no sea, también, un cliché de pies a cabeza, pero al menos es un cliché actuado con un corazón que no se ve en nadie más a lo largo de los 103 minutos de película.

El verdadero jugo comienza cuando un agente de la CIA (Bruce Willis) llama a Stallone para proponerle una misión a cambio de cinco millones de dólares. La escena es típica, pues explica las motivaciones y le dice al espectador quién va a hacer qué y porqué. Lo divertido es que esta secuencia es un obvio momento de diversión entre tres amigos y otrora socios. Cuando Willis y Stallone están a punto de cerrar el trato, llega otro mercenario al que también se le ofreció la misión. No es otro que Schwarzenegger, que sólo aparece para hacer un par de chistes. Luego de compartir tres líneas, dice que no le interesa la misión y se va. ¡Bravo! Los tres cuates del Planet Hollywood ya se divirtieron en un día de filmación.

Lo que sigue es una hora de película sin contenido, de acción burda, con personajes cada segundo más planos, ruido ensordecedor y peleas coreografiadas. Explosiones, disparos, puñetazos, traiciones, cambios de bando, enemigos invencibles y un interés romántico llenan la pantalla como lo hemos visto millones de veces en otras películas. Y, como en otras películas de nostalgia, aquí también los viejitos siguen corriendo, golpeando, saltando y disparando como si tuvieran veinticinco años.

Como película es malísima, incapaz de rellenar los huecos entre pelea y pelea con algo que tenga un gramo de sustancia. Sin embargo, todos sabemos (desde los escritores hasta los espectadores) que no estamos sentados en la sala para ver cine de arte. Estamos sentados en la sala para ver a todos esos grandes juntos en la misma pantalla; estamos ahí para ver cómo los Indestructibles salen vencedores a pesar de tener todo en contra; estamos ahí para ver cómo cinco fulanos despedazan a un ejército de cientos con una mano en la cintura… por Dios, sabemos qué clase de película es y lo que nos espera en cuanto las luces se apaguen.

Es una película de esas para apagar el cerebro, pasarse un buen rato y nunca más en la vida recordarla. Sin embargo, el poquísimo esfuerzo para contarnos algo, lo que fuera, me saca un poco de quicio. Además de que sí hubo momentos en los que me descubría pensando: “¿a qué hora termina esta secuencia caray?”.

Por eso la califico con un 62. Ve a verla sólo si te gustan esta clase de películas palomeras, absurdas y sin historia; o si eras fan de todos estos señores cuando tenían la edad adecuada para este tipo de aventuras. Si no, ni se te ocurra, hay muchísimas cosas mejores que hacer con 110 minutos.

¡Suerte!

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