Psicología. Las Mentiras son Necesarias.

Quizá al leer el título de este texto podrían pensar que me faltan unos cuantos tornillos y que lo mío no es la honestidad. Pero déjenme explicar a qué me refiero. Más allá de posturas moralistas, las mentiras son una realidad presente en la vida desde que el hombre pudo unirse para formar una sociedad organizada.

Y ojo, sé que podrían decir: “claro que son una realidad, pero eso no hace que sean agradables”. Estoy de acuerdo con eso. La diferencia es que cada vez que escuchamos la palabra “mentira” nos viene a la mente el niño que le dice mentiras a su papá, el vendedor que nos quiere imputar su producto llenándonos la oreja de falsedades o el político que promete y promete lo que sabe perfectamente que no puede cumplir. Pero esas no son las únicas mentiras que utilizamos en la sociedad desde tiempos inmemorables.

¿A qué mentiras me refiero, entonces? Pues sencillamente a aquellas que usamos todos y día con día, nos guste o no nos guste. Empecemos por el “buenos días” mañanero al que contestamos siempre con un “bien”. ¿Siempre estamos bien? ¿Realmente estamos siempre bien? No necesariamente. Podemos tener deudas, un familiar enfermo, ansiedad, depresión, angustia ligada al trabajo, pudimos pelear con los hijos, con los vecinos, con la esposa, pudieron despedirnos, negarnos el ascenso deseado o el aumento de sueldo esperado… estoy poniendo ejemplos entre los que se me ocurren, aunque podríamos tener miles más. No siempre estamos bien y, sin embargo, contestamos que estamos bien. Eso es una mentira.

“Ay, por Dios… no compare”, podrían decirme. Pero aquí no estamos hablando de qué tan terribles son unas mentiras en su relación con otras, sino estamos pesquisando la necesidad social de las mentiras en general. ¿Por qué tenemos que decir “bien”? Porque es psicológicamente económico. Déjenme explicarme. Si fuéramos honestos, si a cada “¿cómo estás?” dijéramos la verdad sobre cómo estamos, nos gastaríamos un montón de tiempo y energía. Un “bien” de un segundo se convertiría en una explicación larga y cansada sobre los problemas de nuestro presente. La otra persona no quiere escucharlos, quizá nosotros no queramos platicarlos, un “bien” es la salida socialmente aceptable a “no quiero decirte cómo diantres estoy”.

“Oiga, pero no siempre estamos mal”, podrían reclamarme, “a veces realmente estamos bien”. Estoy de acuerdo, pero el simple “bien” viene a tomar el lugar de una larga digresión sobre el orgullo de nuestro hijo que se acaba de graduar, sobre el extraordinario sexo que tuvimos en la mañana, sobre el sueldo que nos aumentaron o el nuevo puesto que nos dieron, etcétera. Entonces sirve para lo mismo, nosotros quizá no queremos platicarlo ni el otro quiere escucharlo (menos si él ha tenido un mal día y nosotros le reventamos en la cara nuestra maravillosa existencia). El “bien” es una mentira socialmente aceptable y es una mentira necesaria. Imaginémonos que le decimos lo bien o mal que estamos a todos los que nos preguntan “¿cómo estás?”. No terminaríamos nunca y un simple intercambio de pasillo se convertiría en una conversación de cinco o diez minutos. Creo que nadie quiere eso. Y, por tanto, mentimos. El otro sabe que con nuestro “bien” o “bien también” le estamos (y nos estamos) simplificando la vida.

“¿Entonces se vale mentir para simplificarnos la vida?”. Pues no es que se valga o no, este texto no pretende ser una carta permisiva para mentir, pero señala claramente que eso está sucediendo, se valga o no se valga. Si nuestra esposa se acaba de levantar y no se ve bien con los ojos hinchados y el pelo enmarañado, muy probablemente le mentiremos si nos pregunta cómo se ve. En ese momento no nos vamos a preguntar si se vale o no mentir, si es moralmente aceptable o no, si va contra los mandatos de nuestra religión o no; sencillamente contestaremos una mentira para que nuestra esposa tenga calma en lugar de hacerla sentir una incomodidad que no tiene razón de ser y que no logrará nada en lo absoluto.

En realidad todos mentimos, de un modo o de otro. Hasta los que presumen no ser mentirosos mienten con esta clase de falsedades simples, o lo harán en el futuro cuando las circunstancias así lo requieran. Si nos urge un empleo y en la entrevista de trabajo nos preguntan si sabemos hacer tal o cual cosa, muy probablemente diríamos que sí, aunque luego corriéramos a aprenderla. Estoy hablando de un caso extremo, de alguien que realmente requiere el empleo para comer y es la oportunidad más cercana que tiene a un trabajo. La mentira siempre es el primero de los actos inmorales que utilizamos en una circunstancia problemática.

Es más, mentimos hasta cuando no nos damos cuenta de que estamos mintiendo, como sucede en el caso de las deformaciones. Esto es constante en psicoterapia y todos los terapeutas, de cualquiera de las líneas teóricas de tratamiento, sabemos que el paciente es incapaz de no deformar la realidad. En el momento en que nos cuentan su visión de los hechos sabemos que hay una deformación. Y no hablo de las deformaciones conscientes que se hacen por vergüenza o miedo, sino las deformaciones del inconsciente: una memoria sesgada, la percepción personal limitada, los malos entendidos, etcétera. Obviamente un paciente que ha perdido a sus padres por el alcohol deforma la realidad al decir: “el maldito alcohólico de mi jefe…”; muy probablemente no es un maldito, pero la percepción sesgada de la realidad que tiene debido al alcohol como intermediario lo llegaron a deformar la realidad de un jefe que, probablemente, es un tipo muy diferente a como lo platica.

Pensar que podemos vivir en un mundo de verdad es una idealización en el mejor de los casos y simple ingenuidad en el peor de los mismos. Hasta el arte es una manera de mentir. Tuve en una ocasión un conocido que no sabía leer y que, poco a poco, fue aprendiendo. Cuando empezó a leer literatura vino a mí, furioso, y me dijo: “no entiendo por qué habría de leer esto, son puras mentiras”. Y sí, tenía razón. Una obra literaria nos cuenta mentiras. No existen niños magos que vuelen sobre escobas, no existen dragones, ni elfos, vaya, ni las historias que se cuentan en novelas muy realistas son verdad, ni las películas “basadas en la vida real” cuentan las cosas como sucedieron. Son mentiras. Mentiras para la expresión del artista, mentiras que comunican, mentiras que pueden comunicar profundas verdades de la experiencia humana… pero mentiras al fin.

¿Y nos vamos a cortar las venas por ello? ¿Vamos a destruir todas las obras de Tolkien porque cuentan historias de elfos o a quemar las pinturas de Dalí porque nunca vemos las cosas así en el mundo real? No, desde luego que no, porque son obras creativas y sólo quien ha vivido del arte sabe lo bien que se necesita mentir para crear realidades coherentes y creíbles, ya sea en un lienzo, en una hoja en blanco o en una cinta cinematográfica.

“No me venga”, pueden decirme, “no compare las mentiras de un niño que quiere evitar una tunda con una novela de Cervantes”. Entiendo la queja, un señor que se sienta a escribir mentiras es socialmente aceptado y lo ha sido durante miles de años; un niño que rompió una lámpara y miente para no ser castigado es juzgado hasta por la Biblia, que considera de la mentira una grave ofensa a Dios. Pero este texto no es moralista, simplemente desea mostrar que, si bien ambas tienen diferentes grados y aceptaciones, las dos tienen la misma base: la creación de una imagen o narración falsa con la intención de lograr un objetivo determinado.

No les aplaudan a sus hijos cuando les mientan, no les den un premio si su mentira es muy creativa. Pero tampoco olviden, “misteriosamente”, la mentira que le dijeron por la mañana a su esposa, a su jefe, al policía o a ustedes mismos, cuando lucharon contra las deudas, la enfermedad o la depresión mirándose al espejo y diciéndose “estoy bien”.

Claro, lo mejor es enseñar a los niños a mentir lo menos posible. Pero pensar que nunca mentirán o que nosotros mismos un día dejaremos de mentir… es sencillamente ilusorio.

Me despido, pero no sin antes desearles que esta noche tengan un buen descanso y que, por la mañana, recuerden un sueño reparador y constructivo.

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6 pensamientos en “Psicología. Las Mentiras son Necesarias.

  1. Lurlyna

    Muy interesante! y sí, antes de leer esto creía que no sabia mentir, pero ahora que veo que si soy un poquito mentirosa. 🙂

    Responder
    1. Enrique L. Autor de la entrada

      Nicole Andrea:

      Muchas gracias. Si te gustó este texto te invito a que leas otros, date una vuelta por el Blog.

      Un abrazo,
      Enrique.

      Responder

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