Psicología. Los Sentimientos de la Navidad.

Hace un año escribí un artículo que se llamó “¿Es la Navidad una época deprimente?” en donde expuse algunas de las razones por las que existen personas “Grinch”, personas que odian la Navidad. Esta ocasión quisiera hablar de lo contrario: la gente que es feliz en Navidad. ¿Por qué? A primera vista, la pregunta podría parecer necia. “Pues la gente es feliz en Navidad porque es la Navidad” me dirían y no tendrían razón. Eso es una explicación simplificada. La Navidad nos gusta y nos pone alegres por razones más profundas que sólo “por ser Navidad”.

Creo que tenemos que empezar por el principio. ¿Por qué se supone que estamos contentos en Navidad? Se supone que es por lo que la fiesta celebra, a saber, el Nacimiento de Jesús. ¿Y por qué se celebra el nacimiento de Jesús? Pues al menos que hayamos estado escondidos debajo de una piedra toda la vida, sabemos que Jesús, según el cristianismo, fue Dios hecho hombre y bajó a la tierra para morir por los pecados de los hombres. La Navidad es un tiempo de alegría porque celebra la llegada de Dios al mundo, la misión en la que los hombres fueron salvados del pecado.

¿Pero psicológicamente hablando hace la Navidad la diferencia con otras fiestas? No en realidad. El estado de alegría de una persona durante la Navidad es igual o menor de lo que es durante su cumpleaños, la entrega de un premio importante, una fiesta familiar, el día del padre, etcétera. ¿Por qué? ¿Por qué todas las fiestas significan lo mismo desde el punto de vista psicológico? ¿No debería ser más importante la celebración del nacimiento de Dios que la celebración del día de la madre?

La respuesta a esa pregunta es no. Porque lo que nos pone contentos en las fiestas mencionadas, la Navidad incluída, son las relaciones con otros. Y “con otros” no me refiero a Dios, me refiero a los seres queridos. En el día de la madre, en nuestro cumpleaños, en el año nuevo, en todos estos momentos festivos estamos rodeados de nuestros seres queridos. Pero, además, nuestros seres queridos en el mejor de los momentos: contentos, tranquilos, sin estrés, sin problemas, en pocas palabras, nuestros seres queridos en el estado perfecto.

La Navidad es una celebración familiar. Es un momento en que estamos todos juntos, todos contentos. Y la gente que sufre en Navidad lo hace por las mismas razones, especialmente respecto a un ser querido que murió, que está enfermo, etcétera. Estas festividades decembrinas son una expresión de nuestros vínculos afectivos con los seres queridos, o el doloroso recuerdo de un ser querido que ya no está con nosotros.

Decía Freud que somos seres de memoria. Sabemos quiénes somos, qué hacemos, qué nos gusta y otro montón de cosas importantes a través de la memoria. La Navidad funciona exactamente igual, la cena navideña de hoy es tan importante y tan gozosa como lo fueron las cenas de nuestra infancia. Si una persona sufrió las navidades durante su niñez, muy probablemente odiará la Navidad, o será indiferente hacia ella. Hay evidencia clara de ello. Siempre en el pasado de un odia-navidades existe una separación, una muerte o una frustración en una celebración navideña del pasado, especialmente en la niñez o la adolescencia.

Hijos con familias divididas son un buen ejemplo. Un gran porcentaje de los hijos de padres divorciados odian la Navidad porque tenían que pasar la cena con un padre o con el otro (pero nunca juntos), porque los padres se peleaban por los hijos, porque la cena navideña más que ninguna otra ocasión era la clara evidencia de que su familia estaba rota, dividida. Entonces la huella de memoria que se forma en el cerebro no es el de “Navidad=familia y felicidad” sino “Navidad=separación, divorcio, aburrimiento, infelicidad”.

¿Qué pasa cuando una persona importante de la familia muere? Y peor aun, ¿cuando una persona que era parte básica de la celebración navideña muere? Las madres que cocinaban la tradicional cena de Navidad, el padre que año tras año daba el discurso cálido y cariñoso… cuando esas personas mueren, la Navidad muere con ellos. ¿Por qué? Porque en realidad el 24 de diciembre no era la celebración del nacimiento del Salvador, sino la celebración de esa persona amada, de su cocina, de sus discursos. Porque la Navidad sin la cocina tradicional y sin el discurso es un puñetazo de realidad en el rostro del duelo. Y esa realidad a nadie le gusta. La Navidad nos recuerda año tras año que seguimos juntos, que estamos sanos… o bien que alguien ya se ha ido y que lo extrañamos, que la Navidad era mejor con ellos.

Entonces, ¿por qué es la gente feliz en Navidad? Por sus huellas de memoria. Porque asociamos la Navidad con vivencias del pasado que se quedan en nuestra cabeza. La asociamos con nuestros seres amados, con los regalos, con las risas, los chistes y la buena comida. La relacionamos con la magia y la ilusión de los regalos de los Tres Reyes Magos, con la época en la que creíamos en la magia, en el poder y en un mundo espiritual del que teníamos certeza. Somos felices en Navidad porque un pasado de repeticiones nos ha enseñado felicidad y alegría.

“Oiga, pero eso no significa que Dios no exista o que Dios no haya salvado a la humanidad”, podrían decirme. Mi postura es que eso ya es decisión de cada quien. Podemos tomar esas razones psicológicas y desplazarlas en el amor a Cristo y su trabajo de salvación. Podemos estar contentos por las razones que queramos. Lo importante es estar alegre, pasar una buena Navidad y luchar por superar el duelo de una pérdida, mirando a todos los seres queridos que se han quedado a nuestro lado y no sólo a aquellos que se han ido.

Me despido, pero no sin desearles que tengan esta noche un sueño reparador y constructivo.

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