Libro. La Segunda Dama – Wallace, 1980

Recientemente conseguí en una tienda de libros viejos una novela usada con la autoría de Irvin Wallace. De lo poco que sé de este autor es que fue un importante novelista estadounidense y que de su pluma surgieron varios bestsellers. Su trabajo fue fructífero y sus novelas tenían temas de política mayormente, quizá una especie de Tom Clancy de los ochenta. El libro que me encontré fue “La Segunda Dama”, recomendado por varios miembros de mi familia y amigos cercanos. Ligero y breve, lo leí en poco tiempo. Aquí mi opinión al respecto.

Abrí este libro con gran expectativa. Como lo he mencionado ya, muchos conocidos míos lo habían leído. Para algunos era un librito entretenido como cualquiera. Para otros era una obra maestra, un libro que te mantenía a la orilla del asiento, lleno de drama, de suspenso y con un final que quitaba el sueño.

El libro tiene una premisa muy sencilla. Estamos en los años ochenta, plena guerra fría. El director de la KGB se encuentra a una actriz rusa que es idéntica a la probable primera dama de Estados Unidos (la esposa del candidato demócrata) y empieza a construir un plan para que la actriz (Vera Vavilova) tome el lugar de la primera dama y sirva de espía soviética en caso de que llegara “una crisis” entre ambos países.

El candidato demócrata gana las elecciones en Estados Unidos y Billie Bradford, su esposa, se convierte en primera dama de la nación. La KGB entrena a Vera durante tres años para que se vea, se comporte, hable y haga todo exactamente igual que la primera dama estadounidense.

Exactamente tres años después de iniciado el plan, Estados Unidos y la Unión Soviética entran en conflicto por hacerse del poder en un país del África central. No quiero meterme mucho a este sub-argumento, sólo subrayar que el presidente de Estados Unidos tiene una información súper secreta con la cual la Unión Soviética podía hacerse de aquél pequeño país africano. Sin esa información, los Estados Unidos se mantendrían como la hegemonía en esa parte del mundo y el comunismo no podría internarse en el continente negro.

Con un plan arriesgado, los soviéticos secuestran a la primera dama de los Estados Unidos y la reemplazan con la espía rusa, que tiene la misión de sacarle al presidente la información necesaria sobre África antes de que termine una cumbre en la ciudad de Londres en donde los mandatarios de ambos países se sentarán a la mesa para discutir la paz en África.

Como es obvio, se empiezan a dar problemas, algunos personajes se dan cuenta de que la primera dama no es quien dice ser, las dobles caras y traiciones comienzan a tomar el escenario y todo se sale de control para cuando los lectores llegamos a la última página.

Hasta aquí el resumen. Ahora mi postura personal.

Creo que el primer problema es que no es un libro que supere la prueba del tiempo. Es como Rocky IV; de leerlo en la guerra fría, el libro hubiera parecido realista, cercano al lector e incluso podía hacernos pensar sobre la fragilidad de la paz mundial en los años setenta y ochenta. Pero ahora Rusia es un país capitalista, la Unión Soviética se ha desintegrado y no hay mayor peligro de una guerra nuclear entre esas dos grandes potencias. Para quienes crecimos en el ambiente de la guerra fría todavía puede tener valor. Para los que no, el libro ha perdido todo su encanto, al igual que sucede cuando las nuevas generaciones ven la pelea entre Rocky Balboa e Ivan Drago y se preguntan qué diantres es tan importante al respecto.

No he leído otros libros de Wallace y fuentes que considero confiables me han dicho que tiene obras impactantes y profundas, quizá el ejemplo más citado es “El Hombre”, en donde Wallace se adelantó a la historia planteando la elección de un candidato de raza negra para la presidencia de los Estados Unidos. Sin embargo, tengo que decir que su estilo en este libro no me gustó. Creo que el señor es extremadamente explicativo. Aun cuando todo ha quedado claro, aun cuando ya varios lo han explicado y el lector está perfectamente enterado, Wallace pone a sus personajes a seguir mentalmente las instrucciones, recordar en silencio las órdenes, repasar en su cabeza los hechos de las últimas horas, etcétera. Y en ello se pierden párrafos y párrafos que exponen lo que ya sabemos: quién hizo qué, por qué, hacia dónde va, por qué llegó a esas conclusiones, etcétera.

La inteligencia de los personajes es selectiva para Wallace. En ocasiones llegan ellos solos a conclusiones correctas sin tener toda la información necesaria para llegar a ellas. En otras ocasiones, los hechos que resultan obvios y que requieren de atar sólo un par de cabos no se les ocurren nunca. Los personajes son demasiado torpes o increíblemente atinados al placer del escritor y, muchas veces, me sentí engañado.

De todas las argucias que podría el autor haber diseñado para darle a este libro una emoción constante, Wallace eligió únicamente la sexualidad. Mil cosas pudieron salir mal para la espía soviética. Muchas cosas pudieron salir mal para Billie, la verdadera primera dama que se la vive encerrada en Moscú, esperando ser intercambiada. Sin embargo, Wallace se enfoca casi el 70% del libro en conflictivas sexuales. La soviética no sabe cómo tiene sexo el presidente, toda la KGB se muere por enterarse cómo tiene sexo el presidente, problemas para comunicarle a la espía cómo es que debe comportarse en la cama con el presidente. Todo ello rodeado de una tras otra y otra tras otra descripción de relaciones sexuales al estilo de las novelas pornográficas. La innecesaria descripción de escenas de sexo e incluso la inclusión de escenas de sexo que no vienen al caso me puso a pensar, varias veces, que Wallace quizá quería escribir en realidad un libro pornográfico. Miré la portada de vez en cuando, para rectificar que no fuera un texto rojo de esos que venden en las cajas de los supermercados, con historias de amor, sexo, traición e intrigas de pasión.

El libro inicia bastante entretenido y a la mitad se estanca en un larguísimo conflicto respecto a la sexualidad del presidente, como ya lo he comentado. Ningún otro problema le quita el sueño a la espía soviética e incluso conflictos que yo podría calificar como una mejor oportunidad de buena literatura son dejados de lado, como si el autor no pudiera ver en ellos el rico material literario por estar tan metido en la conflictiva sexual. Para cuando la larga exposición de conflictiva sexual termina, el libro corre con prisa hacia el final sorpresivo en tan sólo cincuenta páginas. En pocas palabras: tenemos una muy buena idea inicial, un final llamativo y, en medio de eso, todo un libro que no es sino un pretexto.

Irving Wallace

Y le digo pretexto porque, de leerlo, me hago a la idea de que Wallace pensó: “qué terrible sería si pasara esto… debería escribir una novela al respecto. Y si además tuviera un final así y asado, sería buenísimo. ¿Pero qué pongo en medio? Bah, qué más da, no se me ocurre nada ahora”.

¿Y cuál es el final? Pues que en el clímax de la historia un asesino soviético mata a una de las dos damas sin saber cuál es cuál. Ni el lector lo sabe ni ninguno de los personajes. Se supone que el lector debe quedarse con la duda. ¿Murió la rusa? ¿Murió la estadounidense? Wallace pretende dejarnos en ascuas y lo único que logró, al menos en mí, fue un terrible enojo. ¿Por qué? Porque, de nuevo, hace inteligentes o tontos a sus personajes a conveniencia.

Al final del libro, los dos personajes que descubrieron la argucia concluyen entre ellos que jamás se sabrá la identidad de las dos mujeres, pues sólo el doctor y el perro sabían quién era quién; el doctor está en coma y el perro fue convenientemente atropellado. Los dos niegan con la cabeza y afirman categóricamente que jamás sabrán quién sobrevivió. ¡Patrañas! Ambos descubrieron –y por separado– que la primera dama era una impostora. Ninguno de los dos necesitó del perro o del doctor. Obvios errores cometidos por la espía rusa los llevaron a sacar conclusiones, errores básicos y sencillos que seguramente cometerá en el futuro en caso de ser la falsa primera dama. Sin embargo, Wallace va en contra de todo ello para hacernos creer que será imposible saber nunca jamás quién murió y quién vivió de las dos mujeres.

Eso es engañar al lector. Pero es, además, un pobre pretexto de final de suspenso. En realidad, basta con que los dos personajes que menciono se esperen menos de un mes para que la primera dama se equivoque de nuevo (o no se equivoque). Uno de estos personajes es un periodista que está escribiendo la vida de la primera dama en una novela. A mediados del libro, el fulano distingue una contradicción entre la realidad y lo que la falsa dama le cuenta. Sin embargo, al final dice que no cometerá un error similar. ¿Cómo sabe? ¡Claro que no lo sabe! De ahí mi enojo, el autor está forzando el suspenso en el lector. Si hubieran matado a quienes sabían el secreto, quizá hubiera quedado más redondo el misterio. Pero así como quedó es un misterio forzado, un intento de final sorpresivo. La idea es buena, una muere, la otra vive y nadie sabe quién es quién. La manera de llevarlo a cabo deja muchos cabos sueltos y no es, en lo absoluto, un misterio.

Mis allegados me dijeron que cerraron el libro llenos de ansiedad, de suspenso, de impotencia. Pero no la ansiedad y la impotencia de un mal libro, sino de una grandiosa novela que los dejó en ascuas. Yo lo dejé con enojo. Enojo ante un pobre desarrollo del conflicto. Enojo ante una novela con sexo demasiado descriptivo para jugarle a una novela seria de espionaje. Enojo ante un montón de conflictos pasados por alto y resueltos con un soplido. Enojo ante la torpeza o la inteligencia selectiva de los personajes. Enojo ante un final que intentó ser misterioso y es, en realidad, un intento de final abierto. Creo que un final cerrado hubiera sido mucho más gratificante. Se me ocurre que los dos personajes (y el lector) se pudieron dar cuenta que la espía sobrevivió y no pueden hacer nada para delatarla, tienen que soportar el vivir el resto de su vida atados de manos. El lector se identifica con la frustración de esos personajes y, en ello, se logra un conflicto mayor, un final amargo. Y, como ese, he pensado en otros que no buscan la sorpresa barata.

Sí, el libro me atrapó en momentos, eso es innegable. Y sí, tiene toda la estructura de un bestseller. Pero no lo recomendaría como una buena novela. Es para pasar el rato y punto. Y su final, su famosísimo final, me pareció, repito, un engaño y una triquiñuela de un escritor que se quedó sin ideas, un escritor que demuestra que no se sentó a pensar su novela y nos entrega un trabajo pobremente planeado. Sin embargo, la premisa es buena y la intención del final (si no su ejecución) también. Pero de premisas e intenciones no se hace una buena novela, “La Segunda Dama” es claro ejemplo.

¡Buena Suerte!

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