Libro. El Mundo de Sofía – Jostein Gaarder, 1991.

Hace ya un buen rato andaba acariciando la idea de escribir una novela sobre la vida y las aventuras de Platón en oriente cuando una amiga me dijo que ya había una historia de la filosofía novelada. Me dijo que era una aventura impactante, una historia formidable. Aun a pesar que en algunas escuelas la exigían, nunca me pasó a mí y ya después nunca me di el tiempo de leerla.  Hoy, a mucho tiempo de distancia, un familiar me recomienda el libro y me lo presta. He aquí la experiencia que fue leer “El Mundo de Sofía”.

Primero que nada, sé que llegué muy tarde a este libro, cuyos seguidores lo recomiendan sólo para jóvenes y, además, para jóvenes que no saben mucho de filosofía. Yo a estas alturas no soy ni lo uno ni lo otro. Empero, los seguidores de esta novela afirman que no es para jóvenes, que es un libro de escritorio para adultos y algunos hasta afirman que es la novela de adultos más importante desde “El Nombre de la Rosa” de Umberto Eco.

Mi postura es que estos seguidores no podrían estar más equivocados. La novela no sólo dista mucho de ser un libro de cabecera, es además un pobre libro de filosofía, una introducción con bastantes fallas e imprecisiones respecto al pensamiento occidental y una historia (si a eso podemos llamarle historia) bastante pobre que sirve sólo como lamentable marco para la exposición académica que este texto pretende.

Pero volvamos al inicio. La historia empieza a correr al lado de Sofía Amudsen, una niña a la que no conocemos en lo absoluto y que de repente, un buen día, empieza a recibir lecciones por correo de un curso de filosofía. Ella abre un sobre que contiene varias páginas mecanografiadas y las lee en nuestra compañía. Al menos así se desarrolla la primera tercera parte del libro. Sofía sale de la escuela, abre el sobre, lee la lección que le toca, cierra el sobre y “filosofa” sobre lo que acaba de leer.

¿Suena aburrido? Lo es. Es un libro superficial sobre doctrinas filosóficas con escenas de una niña abriendo sobres y cerrando sobres antes y después de cada lección. Nada más. Bueno, en realidad, cada vez que cierra el sobre tenemos que chutarnos unas dos o tres páginas repetitivas de cómo Sofía entendió la doctrina de tal o cual filósofo… y como Sofía no es la quinceañera más brillante del mundo, realmente lo único que hace es repetir, de manera resumida, la lección.

A lo largo que avanza la historia, Sofía va aprendiendo sobre los presocráticos, luego pasa por Sócrates, Platón, Aristóteles, de ahí llega a la filosofía helénica, los neoplatónicos, estoicos, hedonistas, etcétera. La contraportada nos dice que Sofía “va madurando” respecto a su conocimiento del mundo y de sí misma, pero no es cierto, lo único que hace el personaje es irse adhiriendo a lo que va leyendo. Cuando lee sobre Tales de Mileto entonces sigue sus enseñanzas y cuando lee a Platón entonces toda su vida se explica a través de estas ideas para luego abandonarlas y adoptar las de San Agustín de Hipona sin que veamos en ella una lucha interna respecto a ideas contradictorias y doctrinas en contrapunto.

En algún punto de la novela el filósofo que le está mandando el curso (un tal Alberto), deja de enviarle hojas mecanografiadas y empieza a darle los cursos en persona, siempre disfrazado según la época en la que vivió el filósofo que acapara el discurso. Aquí el libro se vuelve un poco más complicado de leer. ¿Por qué? Porque Sofía nos muestra en realidad lo irritante que puede ser.

Alberto empieza a exponer toda la filosofía de cierto personaje en forma de diálogo y, supongo, el autor necesitaba ciertos descansos, así que cada ocho o nueve líneas Sofía interrumpe con las participaciones más necias, idiotas e innecesarias. “Eso ya me lo habías dicho”, “vaya, sigue”, “eso sí que no”, “vaya, que tipo tan necio”, “yo hubiera hecho lo mismo”. Eso es cuando tenemos suerte, porque en el peor de los casos estos pequeños descansos con diálogos de Sofía nos muestran lo insoportable que puede llegar a ser nuestra protagonista, con respuestas como: “pero te apuras, que tengo que irme a las tres”, “vaya, sí que eres necio”, “deja ya de hacer preguntas”…. ¡Es un profesor de filosofía gratuito, que vive día con día por enseñarle filosofía a esa desgraciada malagradecida que se comporta como si ella estuviera haciendo el favor!

Ya a la mitad del libro descubrimos que a medida que el libro avanza Sofía no sólo no “madura” gracias al curso de filosofía, sino que se vuelve más pesada, más irritante y agresiva. El libro que supone enseñar a la juventud cómo las ideas filosóficas enriquecen nuestra vida nos muestra a una niña que va empeorando a medida que avanza el curso (eso sin considerar que nunca la conocimos previo a empezar el curso, entonces no tendríamos modo de saber cómo es que está madurando).

Poco después de la mitad del libro pasan dos cosas que son como para aventar el texto a una chimenea. La primera es que empezamos a reconocer que la introducción a la filosofía que pretende esta novela está cucha, incompleta. Empezamos a pescar errores en términos filosóficos, explicaciones poco claras e incluso omisiones fatales (como hablar de Santo Tomás de Aquino sin exponer sus cinco pruebas de la existencia de Dios, sus ideas sobre la materia y la esencia o su enseñanza sobre el acto y la potencia, los tres puntos clave de la filosofía tomista). La segunda es que nos enteramos que la protagonista a la que venimos siguiendo durante tantas páginas, resulta ser un personaje dentro de un libro. No es una persona real, es un fragmento de la imaginación de un militar de las Naciones Unidas que está escribiendo un libro (“El Mundo de Sofía”) para su hija Hilde, de manera que pueda aprender filosofía mientras se divierte.

En ese punto el libro se pierde por completo. Ya que sabemos que Sofía y Alberto son en realidad personajes ficticios (y que ellos mismos también lo saben), perdemos cualquier preocupación por ellos, por su curso o por sus motivaciones. La cosa empeora cuando todo el “climax” del libro es un “plan secreto” de Alberto, un plan que el personaje nos recuerda cada dos páginas sin decirnos qué es y que, cuando vemos qué es, resulta una obvia y aburrida necedad.

Si a eso le agregamos la aparición forzada de personajes de cuentos de hadas, la cosa pierde completamente el rumbo. De repente Sofía se encuentra a Caperucita Roja, a Mickey Mouse, a Winnie the Pooh y otros similares. Alberto le dice que es culpa del militar de las Naciones Unidas, que está metiendo personajes de cuentos para distraerlos. Sí… esa es la razón. No hay paralelismos, no hay un interesante simbolismo, no hay una exposición sobre la importancia del mundo de la fantasía en la mente humana (algo en lo que Michael Ende sigue siendo el campeón).

Al final, Alberto termina su curso de filosofía con Sartré y los existencialistas. Los últimos dos capítulos ya no tienen enseñanza sobre filosofía sino que se centran en “la historia” de la novela. Pero a estas alturas qué interés podemos tener en la historia que nos cuenta el autor si sabemos que nuestra protagonista (Sofía) no existe ni tiene mayor motivación que “estar” y la otra niña, la que es de verdad (Hilde) es una desconocida con la que sólo hemos tenido contacto como la que lee el libro en el que Sofía vive sus “aventuras”.

 

Jostein Gaarder

“El Mundo de Sofía” tiene ideas interesantes, como aquella de que el mundo de la fantasía vive junto al mundo de la realidad, en donde los personajes de cuentos son invisibles para nosotros y viven como fantasmas inmortales. El problema es que estas ideas se quedan por la superficie, no tienen ningún objetivo y no nos hacen sentir nada porque nos importan un bledo los personajes que las experimentan. ¿Por qué me ha de importar un mundo de fantasía si lo visito de mano de una Sofía sin motivaciones, sin conflicto, sin intereses y que, además, es insoportable?

“El Mundo de Sofía” es de esos trabajos literarios que me hacen preguntarme una y otra vez en qué consiste el éxito de una novela. Este libro es considerado un clásico moderno, una obra cumbre, un texto de cabecera. ¿Realmente merece estos calificativos?

La filosofía es interesante, pero el autor se equivoca en varias ocasiones y al menos que dominemos a todos los filósofos de la historia, nos quedamos con la ansiedad constante de no saber qué parte de la filosofía expuesta es válida y en qué parte el señor está cometiendo errores. Entonces como libro para aprender filosofía no es muy rico que digamos.

Como novela tampoco, porque en realidad la historia no es otra cosa que una niña abriendo y cerrando sobres o una niña escuchando a un señor echándose eternos monólogos sobre filosofía. La historia siempre intenta desarrollarse alrededor de eso sin llegar a ser interesante, sin vincularse de ningún modo interesante con las enseñanzas filosóficas y sin que el lector sienta absolutamente nada por una niña que le es desconocida y un filósofo que es la imagen deslavada de un sabio.

En resumen, leer “El Mundo de Sofía” fue una experiencia aburrida y desesperante. El libro es demasiado largo y lo terminé sólo por mi obsesiva costumbre de terminar todo libro que he empezado. No sobra decir, de cualquier manera, que las ganas de abandonarlo venían a mí una y otra y otra vez. Dista mucho de ser un clásico moderno, dista mucho de ser un libro que enseña filosofía, dista mucho de ser una novela que atrape al lector. Es un ejercicio con buenas intenciones que no alcanzó ninguno de sus objetivos.

¡Buena Suerte!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s