Psicología. No dejes la psicoterapia si se pone difícil.

La gente llega a psicoterapia porque está sufriendo. Ya sea que sepa las razones de su sufrimiento o no, termina en el consultorio de un profesional de la salud mental porque siente dolor, ansiedad, depresión, etcétera.

Sin embargo, por más que la persona esté sufriendo, espera una salida fácil. La mayoría de quienes asisten a psicoterapia creen que es una terapia de relajación, que será sólo ir a hablar y que el psicoterapeuta tendrá todas las respuestas a sus problemas, las recetas para dejar de lado su sufrimiento y los pasos exactos a seguir para poner su vida en orden.

Nada más falso. La psicoterapia es más que “platicar los problemas”, es un proceso complejo que nos reta personalmente hasta el nivel más profundo. En el consultorio de un psicoterapeuta vamos a conocer toda nuestra naturaleza: lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad. En esa silla, mirando al terapeuta, debemos abrir nuestro corazón y nuestra mente, debemos poner sobre la mesa nuestros deseos más terribles y nuestros miedos más profundos.

Ello, de entrada, no es sencillo. Ahora imaginen que, además de esto, debemos entender que nuestra personalidad, quienes nosotros somos, tiene desajustes que nos están causando el sufrimiento. Para dejar de sufrir tenemos que cambiar, dejar de lado comportamientos que nos gustan o que nos hacen sentir seguros porque, probablemente, en ellos está la raíz de la patología.

Esto es muy difícil de entender. Las enfermedades psicológicas no son como las físicas, no hay un elemento externo que nos enferme, como un virus o una bacteria.  La enfermedad está en la misma estructura de nuestra personalidad. Eso lleva a que la gente tenga la fantasía (o el deseo) de una terapia que no existe: una terapia que me ayude dejar de sufrir pero que no me pida cambiar, que no me exija esfuerzos en este sentido.

Pero esto es como desear que se nos curen las enfermedades sin medicamento, o que suelden nuestros huesos rotos sin reposo y un yeso que inmovilice la extremidad lastimada. Es sencillamente una ilusión y, lamentablemente, una ilusión que evita que la gente pueda mejorar su calidad de vida a través de la psicoterapia.

Algo que sucede comúnmente es que los pacientes que están tomando una psicoterapia dejan el tratamiento cuando empieza a ponerse difícil, es decir, cuando el proceso exige al paciente cambios palpables en su comportamiento; o cuando el paciente requiere hablar de un pasado muy doloroso o quizá un sentimiento vergonzoso o una fantasía que le hace sentir mucha culpa. En ese momento los pacientes se dan cuenta que la psicoterapia no es terapia de relajación.

Al no estar dispuestos a ese profundo (y complicado, sin duda) esfuerzo psicológico, dejan la terapia o piden un receso o incluso exigen que se mantengan menos sesiones por mes. Y con ello lo único que hacen (y quizá lo saben) es huir del tratamiento y seguir enriqueciendo y aplaudiendo el sufrimiento patológico que los llevó ahí en primera instancia.

Lo más curioso es que la gente deja la psicoterapia justo cuando llega a estos puntos difíciles y es justo en estos puntos difíciles donde está la patología. Por usar una analogía: es como si un enfermo de cáncer dejara el quirófano justo cuando el tumor está a punto de ser extraído. No tiene sentido, ¿verdad? Sin embargo día a día vemos gente huir de la psicoterapia porque su terapeuta “no los entiende”, “habla de cosas que ni al caso”, “no me está sirviendo de nada” y otros pretextos que no son sino racionalizaciones de la dificultad de enfrentarnos con nosotros mismos.

Otra cosa que sucede muy a menudo es que la gente deja la terapia cuando vive un sufrimiento psíquico fuerte, como la muerte de un ser querido, un despido, una derrota en el campo social, personal o laboral, etcétera. La gente no entiende que esos momentos de sufrimiento psicológico son los que más requieren de un profesional de la salud mental. Es como si fuéramos al doctor cuando estamos sanos pero abandonáramos nuestras visitas a su consultorio justo cuando nos pega la enfermedad.

Entiendo que es complicado, las personas que tienen un golpe de ese estilo en su vida no quieren ir al consultorio a hablar de ello durante cincuenta minutos, de hecho quieren olvidarlo, que desaparezca o que alguien los ayude a que las cosas estén como ellos quieren. Pero eso es un comportamiento infantil, pues voltear la mirada no desaparece aquello que nos lastima. Y, sin duda, la manera más sana de hacer frente a ello es con la ayuda de un profesional de la salud mental.

Cuando la cosa se ponga difícil en la terapia o en la vida, abandonar el tratamiento es lo menos inteligente. No es sencillo quedarse, es un reto para nuestra mente y nuestra personalidad, que se sentirá vulnerable y bajo un agresivo ataque. Pero lo que está bajo este ataque son los elementos que nos enferman y que nos hacen sufrir. Un esfuerzo es requerido si queremos lograr algo.

Ninguna terapia será eficiente si resulta fácil. Si hay una terapia que resulte fácil todo el tiempo, día tras día, sesión tras sesión, entonces no es un tratamiento que funcione y tanto el paciente como el terapeuta no están haciendo algo bien, pues uno, el otro o ambos están temiendo entrarle a lo que realmente está siendo parte de la patología.

No siempre tiene que ser difícil, no todas las sesiones deberán estar llenas de sentimientos terribles, lágrimas y dolor profundo. Pero los sentimientos terribles, las lágrimas y el dolor profundo deberán llegar en algún momento si se pretende cambiar nuestra forma de vivir.

Si no queremos cambiar nada en nuestra vida, no esperemos que cesen los sufrimientos, los problemas y los desatinos. Como decía Einstein: “no entiendo porque la gente pretende que el mismo camino lo lleve a destinos diferentes”.

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