Psicología. ¿La psicoterapia puede ayudar a quien no quiere ser ayudado?

Hay muchas personas allá afuera que desean llevar a un conocido suyo a psicoterapia. Sea su pareja, su hijo, su vecino, su primo, su hermana o su cuñado, creen que necesitan ayuda profesional. “Mi hijo golpeó a varios amigos de su escuela”, “mi esposa intentó suicidarse”, “mi hermano no se levanta de la cama en todo el día”, “mi hija llora sin cesar”… todos hemos vivido situaciones en las que sabemos que una persona está sufriendo y nos gustaría empujarlos al consultorio de un psicoterapeuta… ¿Pero esto funciona?

Imaginemos por un momento que nuestro hermano sufre de piedras en el riñón. El padecimiento está destruyendo su vida, ir al baño es un martirio y los gritos no se dejan esperar. Sin embargo, no quiere ir al doctor porque le tiene miedo a la cirugía y los medicamentos ya no funcionan. ¿El urólogo está incapacitado para tratar a ese paciente? No en realidad. En pro del argumento, podríamos dormir a nuestro hermano y llevarlo a la fuerza al quirófano. El urólogo procede, saca las piedras y listo, nuestro hermano ya no tendrá padecimiento alguno.

Pero cuando hablamos de problemas psicológicos la cosa no puede funcionar de esta manera. Durante una psicoterapia, el profesional de la salud mental necesita toda la ayuda posible de parte del paciente. Incluso podría decir que el trabajo más profundo y más eficiente para el funcionamiento del tratamiento viene de parte del paciente y no tanto del psicoterapeuta. Si el paciente no desea ser ayudado, sencillamente el tratamiento fracasará sin ninguna esperanza.

¿Por qué? Es una pregunta compleja. Vamos a responderla en dos partes. La primera y quizá más obvia razón de esto es sencillamente que el sufrimiento psicológico no puede verse a simple vista y requiere de la comunicación del paciente. Claro, un paciente puede llegar por depresión y quizá quienes lo rodean se den cuenta a simple vista que está profundamente deprimido… pero si el paciente no nos puede o no quiere decirnos lo que está sintiendo, cómo se está sintiendo y los hechos de su vida que lo llevaron a sentirse así, es imposible ayudarlo, como si un paciente llegara con el médico general y le dijera: “estoy enfermo” pero sin detallar cuáles son sus síntomas.

La segunda razón es la misma naturaleza del sufrimiento psíquico. Cuando alguien llega al urólogo por piedras en el riñón, hay un cuerpo extraño en el organismo que está lastimando y causando dolor. Hay virus, bacterias, parásitos y etcétera que agreden nuestro cuerpo y no lo dejan funcionar correctamente. También podemos sufrir por un hueso roto o un músculo que se lastimó… seguimos hablando de circunstancias en las que el cuerpo está de algún modo descompuesto o invadido.

Exceptuando algunas patologías que tienen su origen en problemas orgánicos, el sufrimiento mental que se atiende en el consultorio de un psicoterapeuta lidia con nuestros sentimientos. Estos sentimientos son parte central de quiénes somos, nuestras ideas, nuestros conceptos sobre la vida, etcétera. Muchas personas por eso no quieren ir a terapia, creen que el proceso les cambiará sus ideas, sus creencias, sus sentimientos, sus relaciones, etcétera.

Además, siempre hay el famoso argumento de “¿por qué he de ir con un psicólogo si no estoy loco?” cuando bien saben quienes conocen el proceso psicoterapéutico que la psicología clínica está ahí justamente para las personas con los padecimientos psicológicos menos graves. Aun así, este argumento deja claro el hecho de que quienes no quieren asistir a terapia creen que que están mal de la cabeza (a diferencia de otros tratamientos ejemplificados arriba, donde la persona está bien y tiene algo que no funciona, que está roto, o que está invadido por un cuerpo extraño).

En pocas palabras: la persona no quiere poner sobre la mesa el principal medio de trabajo del psicoterapeuta: sus propios sentimientos. Y esto no necesariamente significa que el paciente no vaya a terapia o se mantenga en silencio durante toda la sesión. En ocasiones el silencio incluso nos dice mucho sobre los sentimientos del paciente. El problema es cuando sencillamente no quieren hablar de sus sentimientos, hablan de curiosidades, narran los hechos de la semana, hablan de tecnicismos de su trabajo o sencillamente le dan vueltas y vueltas a un tema sin profundizar (una variante de esto es que comienzan a hablar de hechos pero se niegan a hablar de sentimientos o nos hablan de tales hechos sin expresar sentimiento alguno).

Ahora bien, podrían decirme: “¿pero qué clase de persona va a terapia si no quiere ser ayudada?” Les sorprendería saber que muchísima. No sólo quienes llegan a terapia forzados por sus padres, su pareja, el sistema educativo, la empresa o el médico familiar, sino también quienes desean superficialmente recibir ayuda pero en el fondo no desean esforzarse ni “mover las aguas”. Aunque estén sufriendo, es “mejor malo conocido que bueno por conocer” y se adecuan con más facilidad al dolor que ya conocen que al bienestar que no sólo desconocen, sino cuyo logro les va a exigir un esfuerzo psicológico al que no muchos están dispuestos.

Esto sin considerar que las psicoterapias son largas. Hay quienes abandonan el tratamiento (o ni siquiera asisten) con el pretexto de que toman mucho tiempo. ¡Pues sí, porque un verdadero efecto en en sistema mental no se consigue de un día para otro! No es que los terapeutas queramos que dure mucho tiempo, sencillamente así es como funciona. Nos toca vivir en una época que espera que todo sea rápido, pero lamentablemente la mente no funciona de ese modo, no se adecua al funcionamiento de la tecnología ni al deseo de los impacientes tiempos modernos.

Y pongo esto sobre la mesa porque muchos pacientes dejarán el tratamiento pretextando su duración o su costo justo antes de tocar los temas que son la base de su problema. De ese modo, tampoco ayudan al psicoterapeuta a hacer bien su trabajo. Por poner el ejemplo de un dolor de muela, es como si el paciente tomara desinflamatorios, abriera la boca y, justo cuando el dentista está a punto de sacar la muela, se pusiera de pie y saliera de ahí.

Finalmente no sobra hacer una última anotación. A pesar de que hay adultos que no quieren trabajar en sus problemas, quizá los casos más difíciles se dan en los adolescentes. Aún la terapia de juego para niños es más sencilla porque el niño puede recibir tratamiento sin estar del todo enterado (algunos piensan que van a la terapia sólo a jugar). Pero el adolescente muy rara vez llega al consultorio por un deseo personal y deliberado; más bien son arrastrados por sus padres o escuelas y ven en la psicoterapia una extensión de la autoridad paterna y/o académica. Los psicoterapeutas de adolescentes tienen que hacer un gran esfuerzo por atraer al paciente y llevarlo a que desee la terapia, desvinculándola de la autoridad y el sentimiento de castración que al principio les representa.

Me despido, pero no sin antes desearles que esta noche tengan un sueño reparador y constructivo.

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