Psicología. Algunas notas sobre el proceso de duelo

Todo el mundo habla del proceso de duelo, muchos se saben las famosas etapas del proceso de duelo e incluso hay quienes son tan osados que creen que su propio duelo debe responder a cada una de las etapas en orden y según lo que dicen los libros, como si fuera el proceso de fabricación de un automóvil. Pero el ser humano y sus sentimientos no son un automóvil, ciertamente.

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Primero es importante comprender qué es un duelo. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, un duelo es dolor, lástima, aflicción o sentimiento. Más específicamente, el vínculo entre estos sentimientos con la muerte de alguien. Sin embargo, la psicología no considera que este término esté asociado con la muerte solamente y lo vincula con cualquier pérdida que sea de importancia para la persona.

Por ello, los seres humanos sufrimos el duelo ante un empleo que perdemos, una relación de pareja que termina, un proyecto que no concluyó y, desde luego, una persona amada que muere. La diferencia entre éstos es que la persona amada que muere es un hecho definitivo. Es, quizá, el único hecho que ocasiona un duelo directo del que no se puede huir, si bien hay estrategias a través de las cuales se intenta tal huida.

“¿A qué te refieres con que del duelo de la muerte es del que no se puede huir?” podrían preguntarme y es una duda muy justa. A los seres humanos nos gusta vivir en el estatus quo, la famosa área de confort. No nos gusta que nos cambien la jugada y ésta es la razón por la que muchas relaciones que ya no funcionan siguen adelante. Cuando una pareja finalmente ha puesto los pies en la tierra y juntos concluyeron que la relación no tiene sentido porque está llena de desconfianza, agresión y deshonestidad, sienten angustia, sienten “muy feo”. Este feo sentimiento tiene más que ver con la pérdida de lo conocido que con el amor o el cariño que se tienen, como muchas veces ellos mismos lo disfrazan. Para no “sentir feo”, postergan el duelo y siguen juntos. Seguirán peleando, engañando, mintiendo… seguirán sufriendo la relación, pero ya no se enfrentarán al duelo.

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Esto no sucede cuando se da la muerte de un ser querido. Quisiéramos que se pudiera, pero sencillamente es imposible. A diferencia del duelo ante el fin de una relación de pareja, aquí no podemos buscar que todo siga igual, aquí no podemos engañarnos para que las cosas se mantengan por el mismo camino. La muerte es definitiva, no tiene aristas de las cuales podamos asirnos para hacernos como que no pasa nada. El dolor es intenso y no podemos huir de él. Ya sé, me dirán “el primer paso del proceso del duelo es la negación”. Es verdad, pero que haya una negación significa que ya estamos en un proceso de duelo inevitable. En cambio, con el ejemplo del fin de una relación de pareja no necesitamos la negación porque insistimos con mantener viva la relación. Podemos destruir nuestra propia felicidad para mantener viva una relación o un empleo, pero no podemos hacer nada para mantener vivo a un ser querido que ha muerto.

Claro, cuando termina una relación de pareja que nosotros no queríamos ver terminar también habrá negación. Siempre que se entre en proceso de duelo llegará la negación, pero en todos los demás casos se puede retrasar, aplazar o sencillamente evitar el final, si no lo creen, miren a los miles de seres humanos que odian su trabajo pero que siguen en él sencillamente porque no quieren moverse. Mejor malo conocido que bueno por conocer. Pero la muerte es aún peor que eso. Cuando termina una relación de pareja se puede iniciar otra. Cuando se pierde un empleo se puede conseguir otro. El ser humano muerto no puede ser reemplazado porque es un ser, no es ni una situación, ni un lugar, ni un objeto, ni un vínculo.

El dolor de la muerte es tan fuerte que necesitamos negarlo para poder soportarlo. Y la negación no se va a ninguno de los extremos que nos enseñan los medios. No es, por un lado, gritar veinte veces que no pasó a todo pulmón. Sí, esa es en algunas personas la reacción ante la sorpresa y el impacto, pero no todas. Tampoco es, por el otro, la persona que vive como si no hubiera pasado nada. Claro, hay casos extremos de negación del duelo en donde la persona viva aún se imagina al muerto en casa, habla con él y le hace su comida favorita. Pero cuando hablamos de la negación como tal, de la negación que sufre la mayoría de las personas ante una muerte, hablamos de un proceso inconsciente en donde la mente intenta escapar del dolor ignorándolo, desvinculándolo de la experiencia.

Tomemos como ejemplo un funeral. ¿Los que sufrieron la pérdida están todo el tiempo tristes, constantemente, las horas y horas que dura el funeral? No. La mente no soporta la presión y el dolor tanto tiempo de forma constante. En realidad pueden sonreír, algunos incluso reírse. De hecho ir a cualquier funeral es ver paso a paso cómo el dolor se reaviva cuando la negación cesa. La funeraria sin el ataúd y los seres queridos están tranquilos. El ataúd llega y hay mucho dolor, la negación se reduce, los hechos la vencen. Pero poco a poco el ataúd deja de tener protagonismo y la gente puede estar horas con el ataúd ahí y, al mismo tiempo, platicando con amigos, familiares o conocidos. Hasta que vienen por el ataúd y se lo llevan, lo que genera un nuevo debilitamiento de la negación. Luego viene el entierro y la entrega de las cenizas, etcétera. Podemos rastrear la negación ir y venir durante los tres días que suele durar el proceso.

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En el caso del duelo, el desahogo limitado o castrado tiene consecuencias diversas, desde afectos censurados para el resto de la vida de la persona hasta enfermedades físicas reales que provienen de causas emocionales, pasando por deseos de autodestrucción por identificación con el ser querido que ha fallecido, por culpa o por desesperanza, entre otros. Es por ello que “hacerse el fuerte” cuando se ha perdido a alguien es un comportamiento desaconsejable por decir lo menos. Y cuidado con aquél que recomiende “ser fuerte” o “tener resignación” porque nos está pidiendo que iniciemos un duelo patológico (aunque sus palabras tengan las mejores intenciones).

En realidad aquellos que sueltan ese tipo de frases lo que tienen es también un sentimiento al que, creen, deben enfrentar. Cuando vemos muertos en la televisión o el periódico éstos no son más que imágenes, estadísticas. La muerte de una persona cercana (aunque sea el padre de un amigo o el abuelo de un compañero de trabajo) nos recuerda aquél hecho que todos tenemos reprimido en lo más profundo: nos vamos a morir. Ante la clarísima comunicación que representa un ataúd, la mente se defiende. Ante el intenso sentimiento de dolor del deudo, la mente aconseja que digamos algo. Al deudo le importa un bledo lo que digamos, NADA que surja de nuestra boca podrá calmar o ayudar a los vivos a aligerar la pena que trae consigo la muerte del ser querido. La presencia y el apoyo, que no necesitan de palabras, dicen todo lo necesario.

Lo que sigue es más complejo todavía. El recuerdo de la persona fallecida va y viene. El dolor va y viene. La mente no puede soportar el sufrimiento y empezamos a aplicar mecanismos inconscientes de huida, salidas. Muchas personas se callan el dolor, lo guardan, no se comunican con nadie. Algunos lloran a solas, otros ni siquiera eso se permiten, lo que da inicio a un proceso de duelo patológico, un duelo insano. Hay un sentimiento ahí al que se le debe permitir salida. Desahogarse alivia, pero no cura. De cualquier modo el duelo no puede curarse, la persona ha muerto y eso no tiene vuelta atrás. Pero puede aliviarse, ciertamente.

El apoyo de los seres queridos es invaluable, principalmente de seres queridos que hayan conocido y amado a aquél que ha muerto. Hablar de lo que sentimos, hablar de anécdotas, de el amor que teníamos por esa persona, compartir ese amor y ese dolor es lo más cercano a los primeros pasos de un duelo sano. Podemos hacerlo también con alguien que no haya conocido al ser que perdimos, pero no es tan efectivo. O podemos hacerlo dentro de un tratamiento profesional, una psicoterapia específicamente. Claro, el terapeuta quizá nunca conoció al familiar muerto, pero tiene la formación profesional para saber escuchar y guiar el proceso de la manera más eficiente posible. Si alguien cercano a ti acaba de salir de un duelo y tu mejor idea es “distraerlo”, estás teniendo malas ideas.

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Finalmente creo que el duelo, como tal, nunca termina. Aunque hayan pasado años aún recordaremos a la persona con nostalgia. Si sucede algo novedoso en nuestra vida (un matrimonio, un premio, el nacimiento de un hijo, un nuevo empleo) siempre pensaremos con tristeza “me hubiera gustado que lo viera”. Un proceso de duelo exitoso no nos quitará esta frase entrecomillada del corazón, pero la hará mucho más fácil de pronunciar y sus efectos no serán tan dolorosos. De ahí las reales (aunque poco populares) palabras de Santiago Kovadloff: “Acaso psicoanalizarse sea aprender a dejar de sufrir más para aprender a sufrir mejor”.

Me despido, pero no sin antes desearles que esta noche tengan un sueño reparador y constructivo.

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Un pensamiento en “Psicología. Algunas notas sobre el proceso de duelo

  1. Mía Jane

    Gracias, como siempre, unas cuantas líneas y uno se cuestiona, es dejar de esconderse.

    No digo nada entendible. Sólo gracias

    Responder

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