Psicología. ¿Por qué las parejas siguen juntas?

Todos los años un montón de gente se casa y un montón de gente se divorcia. Al menos en México, en el 2012 se casaron 586,000 personas y se divorciaron 99,509. Desde 2010 los números han aumentado en ambos rubros y, más interesante, el número de divorcios por cada matrimonio ha ido en aumento. Todos estos datos del portal “Cuéntame” del INEGI. Sin embargo vemos que el porcentaje de violencia en la pareja es de 47% en México y ésto sólo hablando de las parejas en las que el hombre violenta a la mujer (sin contar los casos en los que sucede lo contrario). Si la insatisfacción en las parejas es tan amplia, ¿por qué las parejas siguen juntas?

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Le pido a quienes estén leyendo esto que piensen cuántas parejas felices conocen. Y no me refiero a romanticismos ni idealizaciones irreales, no quiero que piensen en parejas de princesas de Disney que viven felices todos los días, con risas y sonrisas desde que amanece hasta que se van a dormir. No, me refiero a una felicidad esperable, a parejas que, aun con problemas, se comunican bien, juegan juntos, se divierten, tienen una sexualidad satisfactoria, son honestos el uno con el otro y pueden hablar con confianza, me refiero a parejas que se comuniquen, que quieran, puedan y les guste charlar, hablar de su día, compartir sus tristezas y sus alegrías. Pero, sobre todo, me refiero a parejas que no caigan en peleas constantes por caprichos, luchas de poder, competencias, incapacidad para comunicarse y compartir, etcétera.

Primero vayamos a lo superficial que, creo, hay que quitarlo del camino para poder seguir adelante. Yo creo que el ser humano es polígamo/poliándrico por biología pero monógamo por psicología. ¿A qué me refiero? Si miramos a otros mamíferos, que un macho o una hembra tengan encuentros sexuales con muchas parejas es lo común. De hecho en la historia de la humanidad la familia más socorrida ha sido la poligámica (no, como muchos quisieran hacernos pensar, la monogamia de papá, mamá e hijitos). De hecho, me atrevería a decir que las familias a lo largo de toda la historia, incluso en el presente, han sido y son poligámicas (o poliándricas), sólo que de forma ilícita, en secreto, etcétera… y basta leer cualquier texto de historia para encontrar que las familias “monogámicas” de la cultura occidental nunca han estado libres de engaños, adulterios, amantes, etcétera.

¿Pero por qué digo entonces que somos monógamos psicológicamente hablando? Por el Edipo. Crecemos amando a una madre, vinculándonos afectivamente con esta madre que todo lo da sin pedir a cambio (obviamente estoy hablando de lo que Winnicott llamaba una madre “suficientemente buena”, pues los casos de madres agresivas, rechazantes y violentas llevan a un montón de problemas que son muy aparte de lo que escribo en este texto). Aprendemos, con el contacto con nuestra madre, a amar a un otro, a desear a un otro, a que un otro llene esos espacios de afecto. Y entonces, afectivamente, deseamos tener a un otro. Por ello que en la poligamia exista la esposa favorita o predilecta y por eso que muchos hombres o mujeres adúlteros no puedan dejar a su “pareja oficial” o, incluso sin quererlo, tengan a un “favorito” entre sus muchas parejas e incluso, en ocasiones, se da el caso de aquellos que tienen relaciones sexuales con muchas personas mientras, en secreto, tienen un amor que consideran imposible o poco accesible.

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El psicoanalista Marcelo Augusto Pérez, en su canal de Youtube, afirma que la psicología se pregunta por qué la gente se divorcia, mientras que el psicoanálisis se pregunta por qué la gente se junta. La pregunta que es la base de este texto no busca ser respondida en estas líneas, es literalmente una pregunta que quiero compartir con quienes leen. ¿Por qué las parejas siguen juntas a pesar de lo terrible que la relación puede llegar a ser para ellos (por un lado) y para sus hijos, si los hay (por el otro)? Es mucho más común encontrarse parejas que no funcionan que parejas que funcionan. Sin embargo, las parejas siguen juntándose y, aun con evidencia fehaciente de que la relación no funciona, las parejas siguen sin separarse.

Recientemente me encontré en varios lugares de la Ciudad de México panfletos del gobierno que invitan a los jóvenes a asistir a cursos y talleres sobre la violencia en el noviazgo. Y también es común que parejas de novios lleguen a psicoterapia de pareja a solucionar sus problemas de infidelidad, de agresión, de insatisfacción sexual y afectiva. La primera pregunta que me surge es: si son novios, si no hay ningún impedimento legal, social ni cultural que los una, ¿por qué no sencillamente se separan y ya? Entiendo que haya matrimonios u otras uniones protegidas por la ley o por la fe de la pareja que asista a terapia para rescatar el vínculo y sobreponerse a las problemáticas que han surgido. Pero que haya parejas de novios que llevan juntos algunos meses o un año y que asistan a terapia porque las cosa cada vez están peor… ¿Por qué estas parejas siguen juntas?

También entiendo que antaño las parejas se negaran a separarse, no sólo los procesos de separación eran caros, largos y dolorosos, sino que había un estigma social para el divorciado. Mientras más atrás nos vamos en el tiempo la cosa era peor, los divorciados no podían ir a reuniones sociales, se les señalaba con crueldad y caían en una bolsa de prejuicios insoportable que los dejaba casi casi aislados de su grupo familiar y social. Ya no vivimos en esos tiempos. Ya a nadie le importa si alguien está divorciado, ya a nadie le asustan las madres solteras, ya ni existe opción para poner “divorciado” en el espacio del “estado civil” en los documentos oficiales (todo divorciado pasa a ser oficialmente soltero). Y sobre los procesos de divorcio, ya es barato y sencillo. Ni siquiera hay que pelear con la pareja ni entrar en dramáticos conflictos para que firme el divorcio. Si no llega a firmar, el divorcio se consuma de todos modos. Y, a pesar de todas estas facilidades sociales, culturales y legales las parejas no se separan. ¿Por qué las parejas siguen juntas?

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Y las respuestas no son sencillas, ni son siempre las mismas, cada pareja disfuncional que sigue unida lo hace por muy diversas razones. Y me atrevería a decir que en todas las ocasiones, lo que siempre se repite sin excepción, es que las razones que las tienen unidas escapan a la lógica, la razón y el funcionamiento consciente. Por ejemplo, una mujer se casa con un hombre mujeriego (de hecho se casa con él sabiendo que durante mucho tiempo ella fue la “segunda” después de su novia “oficial”). Ya dentro del matrimonio ella se topa con evidencia obvia y suficiente para saber que su esposo le miente en muchos rubros, incluyendo sus entradas económicas o relaciones con otras mujeres. Sin embargo la mujer no hace nada. El hombre comienza a maltratarla, a ser grosero, a salirse de la casa todo el día incluso en días que no trabaja. El hombre empieza a ser agresivo con sus propios hijos porque no se quiere quedar en casa (pero tampoco comunica aquello que tanto lo llama de afuera).

Sin embargo esa mujer dice que no se separa de él porque lo ama. ¿Eso es amor? ¿Realmente la razón que hay detrás de esa unión ya destruida que ella se niega a ver destruida es el amor? Lo dudo mucho. Lo que la mantiene a ella ahí, lo que lo mantiene a él ahí (sin darle cierre definitivo al asunto ninguno de los dos) es de naturaleza inconsciente y la razón poco ayuda para vislumbrar o descubrir lo que realmente los mantiene en un vínculo que hace mucho más daño que bien. Hay quienes podrían responderme: “El miedo a la separación”. De acuerdo, ¿pero cómo entendemos a través de los procesos conscientes que le tengamos más miedo al breve dolor de la separación que al constante y prolongado dolor que representa una pareja en donde ambos miembros son enemigos con apenas chispazos de amor y ternura (si es que los hay)? Otros podrían decirme: “la codependencia”. Sí, pero eso es una palabra, ¿qué significa? Somos fanáticos de usar términos de psicología como si se explicaran automáticamente con sólo decirlos o como si sabernos el término nos explicara sus causas. Claro, codependencia… ¿pero qué es, por qué se da, para qué le sirve a cada uno de los miembros de la pareja y qué la hace tan necesaria que supera el dolor y la frustración constantes?

No hay una respuesta única para todas las parejas, ni siquiera para todos los que son parte de una pareja. Por eso los libros de auto ayuda de pareja no funcionan, porque se considera que una sola receta, una sola solución ayudará a todas las parejas por igual. Lo mismo sucede con los famosos decálogos que circulan por las redes sociales. “Las diez costumbres de parejas funcionales”, “Las diez cosas que harán que tu pareja se destruya”. Son listas que, a través de simplificar los problemas de pareja, pretenden que los lectores se sientan bien de manera fácil y rápida, como si pudieran aplicar diez pasos conscientes y lógicos para solucionar un problema inconsciente que resulta contra intuitivo.

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“No está dando usted soluciones”, podrían decirme y desde luego que no las estoy dando. Si me quejo de los libros de auto ayuda, de los breves artículos de revista y de los decálogos de redes sociales pero aún así esperan una solución en este texto es que no han leído con atención. La respuesta no es fácil ni la solución es rápida. De hecho puedo decir sin lugar a dudas que hay relaciones que no tienen salida, relaciones en las que, por lo tardío de los problemas, por la constante lucha de poderes, por las agresiones crueles y constantes, sencillamente no existe vuelta atrás. Hay relaciones que tienen en la separación el mejor futuro, tanto para los miembros de la pareja como sus hijos. Sí, la separación lastima a los niños, pero mucho más los lastima vivir en un campo de batalla en el que los seres que aman se atacan sin cuartel y sin misericordia (y peor, les enseñan que ese es el “amor”, por un lado, y que es la manera más eficiente de comportarse, por el otro).

¿Que la separación es dolorosa y afectivamente difícil? Por un lado sí, sin duda, pero es mejor que seguir adelante con el dolor del día a día. Por otro lado, el dolor de la separación es muy pequeño si lo comparamos con la otra opción, a saber, otros diez, veinte o treinta años de sufrimiento… peor, de ese sufrimiento que es como gotita de agua en la roca, ese sufrimiento que no todos los días es destructivo (aunque muchas veces lo es) pero que va erosionando la alegría y destruyendo cualquier capacidad de sonrisa.

Y ya para cerrar, la solución del problema (o enfrentarse con la realidad de que no hay más solución que la separación) no está en las revistas ni en las listas de Facebook. Dejen de procastinar y vayan a un tratamiento profesional. Un psicoterapeuta de pareja es un observador objetivo, profesional y desinteresado que podrá hablar con la pareja sin pelos en la lengua, saber si los problemas tienen un camino de corrección o lo mejor es la separación. No se debe esperar, si uno o los dos son infelices, mientras más tarden peor se va a poner. Las relaciones disfuncionales nunca se arreglan solas.

Me despido, pero no sin antes desearles que esta noche tengan un sueño reparador y constructivo.

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