Teatro. Sylvia – A. R. Gurney, 1995.

Ayer por la noche tuve la oportunidad de ver Sylvia, una obra de teatro que se estrenó Off-Broadway en 1995 y que termina en México su temporada de presdentaciones. Cuando me invitaron, sólo me dijeron que era una obra en la que una actriz representaba a un perro. La idea me pareció interesante y aquí dejo mi punto de vista al respecto.

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La obra inicia cuando Federico, un hombre de cuarenta y algo, se encuentra a un perro en el parque. Aunque trae una medalla que la identifica como Sylvia, el animal no parece tener dueño, así que se la lleva a casa. Federico está feliz con el hallazgo, pero su esposa Karla odia la idea, no le gusta que llegue un perro a sus vidas justo cuando está teniendo un montón de éxitos profesionales, además de que es obsesiva y un animal que mastique zapatos y llene de pelos los sillones le parece lo menos atractivo del universo.

Aunque Federico prometió tener a Sylvia en casa sólo unos días, no cumple su promesa y convierte al animal en el centro de su vida. Comienza a tener problemas en su trabajo, con su esposa y básicamente abandona su vida social para estar el mayor tiempo posible con el perro. Se hace amigo de un señor que también lleva a su perro al parque e incluso en sesiones de terapia de pareja habla de su relación con Sylvia, no con Karla.

La versión que yo vi tiene como protagonistas a Cecilia Arias, Beto Torres, Paola Gómez y Rubén Branco. Todos ellos hacen un trabajo extraordinario… más Rubén Branco, que se encarga de encarnar a tres personajes diferentes y lo hace maravillosamente bien. Cecilia Arias es divertida un rato como Sylvia… y aquí es donde empiezan los problemas.

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Sylvia (el personaje) es divertida un rato, pero cansa muy rápido. Lo que me atrapó del argumento de la obra es que la actriz se iba a comportar como perro en una obra que, pensaba yo, nos mostraría la parte afectiva del animal a partir de la voz de la actriz. Sin embargo en ocasiones se comporta como perro y en ocasiones es totalmente humana, caminando en dos piernas, abriendo y cerrando puertas, etcétera.

Ya sé, me van a decir que aquí es donde debe entrar la imaginación del espectador y ver no a la actriz, sino al perro que ella representa. Pero es complicado cuando el guion salta tanto entre el perro/persona y el perro/perro. En ocasiones Sylvia es un perro (aunque hable), que dice cosas que representan el afecto del perro y su forma de ver la vida. En ocasiones es como una persona y la vinculación se torna complicada.

Además de esto, nunca encontré en la obra un asidero real. No es una obra analítica que se trate sobre la crisis en un matrimonio de edad media. Toca el tema pero de forma muy superficial sin hacerlo nunca el verdadero conflicto central de la historia. Tampoco es una obra sobre la relación entre un hombre y su perro, pues las escenas de Sylvia y Federico son convenciones constantes que no salen de la cotidaniedad. Nos dicen que la relación de ellos es especial, pero nunca la vemos, no hay momentos afectivos entre ellos más que uno al final que dura muy poco y sale corriendo. Es más, el único momento en que Federico podría hablar sobre la profundidad de su relación con Sylvia (cuando está en terapia) no lo vemos, empieza a hablar y la escena se corta.

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¿Es una obra sobre los conflictos de pareja? No, tampoco, porque sólo vemos a una Karla que se queja y se convierte en un personaje pesado, el cliché de una mujer que no hace más que quejarse y poner caras de asco por los pelos en la sala. Por el lado de Federico, nunca vemos en toda la obra que dé un peso por su esposa. Están juntos porque tienen que estar pero nunca exploran su relación como para que nos interese. ¿Por qué debería importarnos que su relación se vea amenazada por la llegada de Sylvia si nunca vemos una relación que valga la pena rescatar? Es más, durante la obra odié a Federico por su insoportable y exagerada obsesión con Sylvia y me puse del lado de Karla por más que el guion se esforzaba por convencerme de lo contrario.

La obra no tiene un verdadero conflicto. La relación de Federico con Sylvia siempre es genial, funciona perfecto. Las amenazas de Karla (“o el perro o yo”) nunca llegan a nada, a Federico no le importan sus problemas maritales y, por ende, a nosotros tampoco. Entonces… si la obra no se trata de la crisis de edad media, si no hay conflicto marital real, si no hay conflicto con Sylvia y si tampoco hay una relación afectiva entre personajes que no sirva para otra cosa que DECIR todo el tiempo lo que pasa sin MOSTRARLO… ¿Qué es lo que nos debe atrapar de la obra?

Supongo que los chistes. El público que compartió conmigo las butacas se rió mucho. Pero se rió, mayormente, de dos situaciones. La primera: cuando Sylvia tiraba a gente. Cada personaje nuevo que se para en escena es tirado al piso por una Sylvia emocionada y cariñosa. La primera vez que tira a alguien es divertido, luego pierde el chiste. La segunda: groserías. Algo pasa en el teatro en México desde que tengo uso de razón y que me ha parecido siempre un fenómeno lamentable: la gente se rie de las groserías. En el cine no pasa, un actor diciendo: “eres un pendejo” en pantalla no genera carcajadas. En teatro sí. Y entonces tenemos a un público desdoblado de la risa porque Sylvia le grita a un gato: “eres un puto, pinche gato pendejo, te voy a partir tu madre”.

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Al final, el guionista resuelve todo de forma forzada. Los medio-conflictos desaparecen de un plumazo y se nos otorgan dos minutos de cursilería sin asidero que pretenden atar todos los cabos que, una escena antes, resultaban imposibles de atar. Nunca conocemos a los personajes dentro de la historia y, lo poco que conocemos, es después tirado por la borda ante la necesidad de cerrar, rápido, un final tierno.

Y no, no soy un amargado (quizá un poco). Yo quería una obra que profundizara en cómo un hombre en la crisis de edad media desvía sus problemas y su necesidad de afecto en Sylvia. Quería que la obra me enseñara una relación verdaderamente entrañable entre un perro y su dueño (como se ha hecho en otros medios de manera maravillosa en el pasado). Quería que la obra me mostrara personajes que me importaran, no clichés que explican lo que sienten sin que podamos verlo.

Y me pueden decir “bájale, intenso, es una comedia”. Y si ese es tu argumento y crees que una comedia no puede hacer todas estas cosas, si crees que una comedia no es mucho mejor si tiene todas estas cosas, entonces me queda claro porque lo tuyo es reirte cuando los personajes dicen “pendejo” en escena.

¡Buena Suerte!

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2 pensamientos en “Teatro. Sylvia – A. R. Gurney, 1995.

  1. Gabriel Castillo Pérez

    Estimado Enrique. No hay que ir muy lejos. Si revisas que la ¿”obra”? de teatro más exitosa en los últimos cinco años en nuestro país es “Mentiras. El musical” (que de musical no tiene nada) un pegoste de canciones de los años 90 y ya podrás entender por qué los asistentes se ríen con una simpleza de ese tipo. Me atrevería a decir que existe una nueva categoría dramatúrgica: Obras wanna be: No cosas feas, no cosas intensas (contradicción en el teatro), no clavadeces, espejo de mi vida simplona y mis relaciones simplonas y muy divertido; así como así. Conclusión: Tres días en mayo, Lisistrata o Cervantes y Shakespeare son nombres de calles en Polanco.

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    1. Enrique L. Autor de la entrada

      Gabriel:

      Primero que nada, un gusto tenerte por estos lares. Luego de eso, un enorme agradecimiento por leerme.

      Empero, creo que tendríamos que ir a echarnos un vino porque, por primera vez en mucho tiempo, tenemos un desacuerdo. Yo vi “Mentiras” hace un par de años y no sólo me divertí como enano sino que consideré que el escritor hizo un buen trabajo de adaptar las canciones ochenteras a una historia con una línea clara. ¿Simplona? Claro, la misma historia es un tributo a las telenovelas ochenteras de mujeres embarazadas engañadas con secretarias vulgares. Los vestuarios, los diálogos, las canciones, el tema, el desarrollo del guion, todo es una burla tributaria a los años ochenta y lo sencillos que nos parecen ahora mirándolos desde un nuevo siglo que se complica demasiado y por todos lados.

      Mi diversión y mis risas no llegaron por las majaderías, sino por la comedia de situación. Una comedia que los escritores supieron construir alrededor de canciones dadas que no podían ser modificadas. Las confusiones y malos entendidos me parecen muy bien colocados y la relación entre los cuatro personajes, construida poco a poco, sí nos muestra un arco que va más allá de los diálogos acartonados y los informes sin evidencia de obras como “Sylvia”.

      Los personajes en “Mentiras” son clichés bien escritos, escritos a drede, no como en “Sylvia” que gritan “no tengo bien claro qué quiero contar” a cada paso. “Mentiras” establece con toda claridad su mensaje, su crítica, su pasión por una época. Tiene claro su público y su objetivo por construirse sobre la nostalgia de un montón de treintañeros y cuarentañeros que reviven, frente a un teatro formato italiano, su juventud de pelos parados y jeans con dobladillo.

      Pero bueno, respeto que “Mentiras” no te haya gustado, si bien insisto que discutirlo con un vino sería una cosa mucho más constructiva no sólo por el intercambio, sino por el vino.

      Te mando un abrazo y sigue leyéndome por acá.

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