Película. La La Land: Una Historia de Amor (La La Land) – Damien Chazelle, 2017.

Después del gran éxito de su película “Whiplash”, Chazelle decidió hacer un musical que nos contara una historia de amor. Muchas personas pegaron el grito en el cielo, pues esperaban algo mucho menos comercial de este “niño prodigio” del cine norteamericano. Empero yo, que adoré “Whiplash” de principio a fin, que recibí recomendaciones por todos lados y que vi cómo la crítica la adoró (es la película más premiada en la historia de los Globos de Oro) , corrí al cine con emoción. Aquí mi punto de vista sobre “La La Land”

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Mía es una joven actriz que no logra que la contraten. Se la vive saltando de un casting a otro sin encontrar suerte en Hollywood y, mientras tanto, trabaja como mesera en un café dentro de los estudios de cine. Por su lado, Sebastián es un pianista de jazz que sueña con abrir un club en un local que perdió por un fraude, pero nadie cree que pueda tener éxito debido a que el jazz que él quiere tocar “está muerto”.

Cuando se conocen se odian, pero poco a poco comienzan una relación de pareja que crece a pesar de las dificultades. Ella lo apoya en su proyecto de abrir su club de jazz y él está a su lado en la búsqueda de un papel importante en el cine. Pero la vida no es tan amable con ellos. Pronto, Mía se da cuenta de que nadie la va a ver si no escribe y produce su propia obra de teatro; Sebastián, por su lado, decide unirse a un grupo de jazz modernizado que, si bien le parece odioso, al menos paga las cuentas.

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Quiero empezar por los elementos técnicos. La película se ve fantástica. Y no digo “se ve fantástica” como en “los efectos visuales son muy buenos”. No. Se ve fantástica por su uso del color, por los juegos que hace con la cámara, por la utilización de planos secuencia hermosísismos. Por la forma en que rescata elementos visuales del cine musical del pasado para reusarlos como una forma de tributo y, también, para gritarle a la audiencia que su director ha visto mucho cine, que le encanta y que es su vida entera.

Toda la cinta, desde sus números musicales hasta los elementos del decorado son una afirmación sobre el amor al cine musical del pasado. Pósters en las paredes, vestuarios, pasos de baile, ecomodo de los elementos dentro del encuadre… para quienes dominan el cine musical del siglo pasado, es fácil reconocer elementos de “Cantando Bajo la Lluvia”, “Vaselina”, “Amor sin Barreras”, “¿Bailamos?”, entre otras. Hasta el color del vestuario  y los escenarios es una reminiscencia de aquellas películas.

Y aqui es donde aplaudo con todas mis fuerzas lo que a algunos se les olvida hacer en el cine musical: hay que contratar a actores que sepan cantar y que lo hagan bien. Podría parecer una obviedad, pero Rusell Crowe en “Los Miserables” y Gerard Buttler en “El Fantasma de la Ópera” son recordatorios de que algunos directores de Hollywood en ocasiones olvidan que en el cine cantado es importante contratar gente que cante. Aquí Emma Stone y Ryan Gosling cantan muy bien, actúan muy bien y bailan muy bien.

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Yo siempre he estado convencido que una película musical tiene un gran problema: la música es el elemento más importante. Esperen, antes de que me odien por obvio me gustaría aclarar. Yo puedo ver una película con música de fondo completamente odiosa y aún así amar la película. Pero cuando la película es cantada, que nos gusten las canciones va a definir en buena parte si nos gusta la película. Una película cantada puede tener la mejor historia, actuaciones maravillosas y una cinematografía brutal que si la música no nos gusta, lo más probable es que no volvamos a sentarnos a verla. En cambio, una película con una historia sencilla y canciones increíbles puede parecernos la cosa más hermosa de la vida.

Y de esto hay mucha evidencia. Si le quitamos las canciones a “La Sirenita” nos queda una historia bastante simplona. Una buena cantidad de la pasión que hay por “Frozen” depende de sus canciones, por sobre una historia que no es la gran maravilla. Por otro lado conozco gente que odia películas con una historia genial porque detesta las canciones. En este sentido, también aplaudo “La La Land”. La música de Justin Hurwitz es preciosa. Las canciones son bailables cuando es necesario, pegajosas, románticas, tristes… tienen todo lo que se debe justo donde deben. ¿Manipulan nuestros sentimientos? ¡Desde luego! Y no me quejo, es cine musical, no Andrei Tarkovsky.

Y con esto paso a responder a algunos que odian la película, quejándose de que no se parece a “Whiplash”. ¿Qué les molesta? ¿Qué son muy diferentes? Pues sí, hay directores que hacen películas muy diferentes las unas de las otras, no es de criticarse. Aquí vemos la diferencia de un Chazelle sin presupuesto y uno con presupuesto. La primera, la extensión de un cortometraje que enamoró a sus productores. En ésta la cosa fue diferente, vemos a un Hollywood que ya le soltó más dinero, vemos que tiene muchos más recursos técnicos y los usa al máximo.

Damien Chazelle, el director

Damien Chazelle, el director

Sin embargo, lo que hace que Chazelle salga del montón de directores y se posicione como una gran promesa sigue ahí, el tipo es un autor que no teme poner en un musical exactamente las mismas temáticas que en una película dramática. Porque los temas de “Whiplash” están en “La La Land”: al amor por el jazz, la lucha por los sueños a pesar de la adversidad, la constancia a pesar del dolor y la frustración y su claro rechazo a aquellos que se rinden a medio camino. Pero además le agrega algo más: el amor. Y, más que eso, la forma en que el amor nos fortalece y nos impulsa hacia adelante. A pesar de las dificultades y, hasta el último segundo de la historia, Mía y Sebastián no pueden eliminar de su existencia todo lo que el otro puso en ella.

Si no has visto la película detente aquí. Si ya la viste, entonces quisiera terminar con algo que me gustó mucho de parte del director. En “Whiplash” nos dice que hay que renunciar a muchas cosas para lograr nuestros sueños. En “La La Land” nos dice que a veces renunciamos de forma tonta y que en ocasiones nuestros sueños requieren de la otra persona que los impulsa. Mía y Sebastián terminan su relación porque, al parecer, los detenía en su camino hacia lograr lo que soñaban. Y Chazelle cierra su película demostrando que los dos pudieron alcanzar sus sueños sin dejar de estar juntos. El director regaña a sus personajes frente al mundo entero: “tontos, sí se podía, pero no se les pegó la gana, tomaron malas decisiones.”

“La La Land” es una película musical que ya hemos visto muchas veces antes… y ese es el chiste: es un enorme tributo. Es la afirmación de un director joven que nos muestra que ama el cine, que ama el jazz y que sabe cómo dirigir una película en todos los sentidos posibles. Quienes se quejan de que es una película musical como otras mil antes deberían vomitar todo el cine de Tarantino que es, de base, un montón de tributos y reconstrucciones. “La La Land” es una película de amor. Es una película cursi. Es una película musical. Si no quieres ver algo así ni te pares en el cine.

¡Buena suerte!

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