Psicología. 20 de mayo, día del psicólogo.

Hoy se celebra el día del psicólogo en México. Las redes sociales se están llenando con imágenes de Freud y divanes y letras griegas “psi” y buenos deseos. Pero la psicología va más allá de eso. Como toda profesión, el “día de” no termina de dejar claro todo lo que es la actividad del psicólogo. Es por ello que abrí mi procesador de palabras y comencé a escribir.

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La psicología clínica salva cientos de vidas al año sin que el terapeuta sea, ni por mucho, una pieza valiosa de la sociedad en que se desarrolla. Ya sé, me dirán que hay más psicólogos que aquellos que se dedican a la clínica, pero no voy a hablar de ellos ahora porque, sencillamente, no soy ni psicólogo social, ni laboral, ni educativo, ni otra cosa. Yo he vivido años en el consultorio… en el mío escuchando pacientes y en el de mi analista siendo escuchado.

¿Hablar de esto viene al caso? Desde luego que sí y por una razón muy sencilla: los psicoterapeutas tenemos que seguir peleando nuestro lugar en la cultura ante la crítica de una sociedad que insiste con que el trabajo psicoterapéutico es inútil. Desde tiempos de Freud la psicología clínica no ha dejado de trabajar. Partiendo del psicoanálisis y sus muy diversas líneas teóricas hasta enfoques posteriores no psicoanalíticos, los profesionales no hemos sesgado en nuestro interés por conocer la mente humana y su funcionamiento.

Actualmente, con el avance de la tecnología médica, se están haciendo interesantes experimentos para eliminar la brecha entre psicología y neurología. Ya hay textos que vinculan el funcionamiento neuronal con los diversos tipos de psicoterapia y, al contrario de lo que muchos quisieran, los diferentes tratamientos psicoterapéuticos están demostrando no sólo que muchas de sus teorías pre-neurológicas son muy atinadas, sino que el proceso psicoterapéutico como tal es capaz de cambiar estructuras cerebrales a nivel neuronal (Aupig, 2000; Cozolino, 2017; LeDoux, 2003; Peled, 2008).

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Sin embargo, los psicoterapeutas tenemos que lidiar todavía no sólo con el juicio externo que parte mayormente del desconocimiento, sino con la “competencia”. Y lo pongo entre comillas porque hasta la fecha me impacta tener que explicarle a la gente porque este trabajo es diferente a la terapia reiki, los tratamientos con imanes, las limpias espirituales, el tratamiento con orgonitas, las flores de Bach y, en el peor de los casos, la lectura de las cartas y asuntos de esa calaña.

Eso sin contar que, lamentablemente, hay allá afuera un montón de licenciados en psicología otorgando tratamientos psicoterapéuticos a partir de teorías que estudiaron brevemente y con técnicas que no revisaron en lo absoluto; o personas que han estudiado montones de diplomados en psicología o líneas terapéuticas como la Gestalt, que es más popular por la sencillez de su contenido que por el funcionamiento de su técnica. Eso sin contar, desde luego, a los profesionales desinteresados y antiéticos que usan la psicoterapia para sus propios fines y no los del paciente.

¿Complicado? Mucho. A esto hay que sumarle una realidad clara: las personas que visitan a un psicoterapeuta no saben nada de psicología clínica, de las diferentes líneas de tratamiento o teorías de la personalidad. Ellos sólo piden la recomendación de “un buen psicólogo” y terminan el consultorio de aquél que les fue recomendado. Son pocos los que exigen determinado tipo de tratamiento con conocimiento de causa.

Entonces, para resumir, tenemos que luchar con muchas cosas. Cuando la gente se entera de que soy psicoterapeuta con técnica psicoanalítica se lanzan a criticar a Freud por cocainómano, por homosexual, por tener sexo con su cuñada, por fraudulento, por tener sexo con sus pacientes y por muchas cosas más. Algunas de estas son ciertas, otras son falsedades, pero lo importante es que estas críticas consideran que Freud ha sido el único psicoanalista de la historia, como si sus teorías no se revisaran y pusieran en duda todos los años desde su muerte hasta el presente. Lo mismo podemos decir de otras líneas de psicoterapia.

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Y… a pesar de todas estas dificultades… seguimos adelante. ¿Por qué? Porque la psicoterapia es el único espacio en todo el mundo donde el ser humano puede ser quien es. Más allá de técnicas, teorías y encuadres, la psicoterapia sigue siendo el espacio de seguridad número uno. Hoy tenemos teléfonos móviles que nos ponen en contacto con el mundo entero en dos segundos… deberíamos ser menos ignorantes, conocernos mejor, saber que todos tenemos huecos, secretos inconfesables, sentimientos culposos… Las redes sociales y el mundo digital han terminado con la privacidad y, sin embargo, nunca habíamos sido, como especie, tan vulnerables al auto-conocimiento, nunca le habíamos tenido tanto miedo a la crítica o a los dedos que señalan nuestras cicatrices.

En tiempos de Freud, la gente llegaba a su consultorio a confesar lo inconfesable, todo aquello que la cultura juzgaba. Hoy la cultura ya no lo juzga, pero seguimos persiguiéndonos por ello. En tiempos de Freud la gente se casaba por muchas razones que generaban dolor y frustración. Hoy nos casamos con quien queremos porque queremos… o no nos casamos… o tenemos relaciones poliamorosas… o somos bisexuales, asexuales, sapiosexuales, homosexuales, homoflexibles, pansexuales… Y, sin embargo, la persecución interna y la infelicidad siguen en crecimiento. ¿Qué nos está lastimando de esta libertad que para tantos en tantas épocas pasadas era sólo un sueño?

No lo sabemos. Por eso necesitamos a un profesional que nos guíe a descubrirlo. ¿El psiquiatra? No, no es su responsabilidad. OJO, no creo que los psiquiatras sean el diablo, no. Son una rama de la medicina necesaria que ayuda, pero difícilmente se meten a comprender al paciente, a acompañarlo de forma personal y con una vinculación afectiva profunda. ¿El médico general? Intentarán curar la migraña sin tener noticia del dolor afectivo que la causa. ¿El sacerdote? Ellos intentarán curar una instancia que ni siquiera existe, esperando que la mente se cure en conjunto. ¿Los amigos y familiares? Ellos nos aman, son bienintencionados, nos dirán que nos entienden, pero la verdad es que con mucha complejidad podrán comprender (y no porque no quisieran) lo que realmente nos duele.

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El consultorio del psicoterapeuta es un lugar de seguridad no sólo porque ahí podemos hablar de lo que sea, ser quienes somos en realidad sin tapujos ni las quince capas de caretas que estamos acostumbrados a vestir, sino porque ahí nos espera un ser humano que sabe escuchar, que no tiene miedo de vincularse con nuestra parte herida, nuestro monstruo más oscuro, nuestros sentimientos más vergonzosos. Puede escuchar lo que sea sin regañarnos, pedirnos que lo olvidemos, darnos pastillas para dejarlo pasar o regañarnos porque un ser superior se enoja si seguimos pensando eso que pensamos, sintiendo eso que sentimos o deseando eso que deseamos.

No, críticos de la psicoterapia, los pacientes no van al consultorio a que les demos palmaditas en la espalda. Tampoco somos una bola de tuertos guiando ciegos; hay una técnica, una estructura, un encuadre y una teoría que le brinda luz al camino de la relación con el paciente y su contenido mental. La psicoterapia no es terapia de relajación, no se va ahí a pasársela bien como si fuera un spa. Se va ahí a conocernos para poder tener una vida mejor, para enfrentar de forma más eficiente los inevitables embates de la existencia. En ocasiones, además, vamos ahí a sobrevivir cuando la realidad está sobrepasando nuestra capacidad de enfrentarla adecuadamente.

El psicoterapeuta escuchará cuando le hablemos del amor perdido. Estará ahí para acompañarnos cuando las lágrimas no cesen y nos explicará seiscientas veces porque esa relación que tanto extrañamos nos hizo más mal que bien sin forzarnos a dejar de sentir la tristeza por todo lo que fue bueno, todo lo que funcionó, todo lo que fue material de sueños. A diferencia de los amigos, que nos dirán que “a la mierda con tu ex”, el psicoterapeuta entenderá por qué es o fue importante para nosotros y comprenderá que los vínculos de afecto tardan en desaparecer, para unas personas más que para otras.

En lo personal, hay veces que siento que ya no puedo seguir adelante, días en que la vida duele tanto que quiero rendirme y dormir por horas y horas y horas como si eso sirviera de algo. En mi caso hay dos cosas que me han salvado de la desesperanza: las historias y la psicoterapia. Me ha salvado escuchar historias, todo tipo de historias, incluidas las de mis pacientes. Me ha salvado ayudar a otros a encontrarle más sentido a la existencia, a darle forma al intrincado laberinto de su mente. Me ha salvado la sonrisa del paciente que llegó con deseos de suicidarse y que, al viajar conmigo al núcleo de sus afectos, los ha comprendido hasta el punto de darle una nueva oportunidad a la vida. Pero también me ha salvado el recostarme en el diván de mi analista y curarme a través de la palabra. No miento al decir que, así como yo he salvado a muchos, mi propia psicoterapia me salvó de la total desesperanza en varias ocasiones recientes.

Por eso festejo el día del psicólogo. Por eso creo que todos deberíamos celebrarlo, incluso aquellos que hoy critican la psicoterapia más por miedo que por conocimiento de causa. El miedo de verse por dentro, de encontrarse consigo mismos, el miedo de que un profesional, con toda la objetividad de la que es capaz de alcanzar, les diga: “creo que tú tienes parte de la responsabilidad”. No cualquiera. Hay que tener los pantalones bien puestos.

Me despido, pero no sin antes desearles que esta noche tengan un sueño reparador y constructivo.

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Aupig, J. (2000). Una Revisión de la Teoría Psicoanalítica a la Luz de la Ciencia Moderna. México: Plaza y Valdés

Cozolino, L. (2015). Why Therapy Works. Estados Unidos: W.W. Norton & Company.

Cozolino, L. (2017). The Neuroscience of Psychotherapy. Estados Unidos: W.W. Norton & Company.

LeDoux, J. (2003). The Synaptic Self. Estados Unidos: Penguin Books.

Peled, A. (2008). Neuroanalysis. Estados Unidos: Routhledge.

 

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