Libro. “Flores en el Ático” (Flowers in the Attic) – V.C. Andrews, 1979.

Luego de “Millenium 5” no sabía qué leer, pero la única persona que conozco capaz de leer libros enteros en un día me recomendó “Flores en el Ático”. Aunque nunca había escuchado hablar de él, una vez que lo comencé me encontré con que fue un gran éxito en su tiempo y que, además, medio mundo ya lo había leído. Si no sabes de qué va, sigue leyendo.

FEEA - Portada Original

La historia comienza a finales de los años cincuenta en casa de una familia norteamericana que es absolutamente feliz en Pennsylvania. El padre y la madre, hermosos y enamorados, tienen cuatro hijos: el mayor Christopher, su hermana Cathy y los gemelos Carrie y Cory. Aunque la madre no trabaja ni tiene habilidades laborales, el padre gana lo suficiente para tener una vida cómoda, aunque no sin limitaciones.

Un día, sin que nadie lo esperara, el padre muere. La mamá, sin dinero ni forma de obtenerlo, toma a sus cuatro hijos y viaja a Virginia, a la mansión de sus padres, dos viejos cristianos tradicionalistas que la desheredaron por haberse casado con su tío, medio hermano de su padre. Ambos abuelos creen que ese matrimonio fue una afrenta a Dios y que, de haber hijos, estarían manchados por el pecado.

Por ello, la madre esconde a sus hijos en una habitación vacía de la mansión que tiene acceso al ático. Les promete que, en cuanto el abuelo muera, ella heredará su fortuna y entonces podrán ser felices. Pero el encierro se extiende por años y la madre se vuelve poco a poco distante hasta ausentarse casi por completo. Mientras tanto, ellos tienen que lidiar con el encierro, el rechazo y los problemas propios de niños que se vuelven adultos a fuerza de los golpes de una vida de abandono y privaciones.

FEEA - Ático

No sabía nada de este libro antes de iniciarlo. La recomendación llegó sin explicaciones ni resúmenes, así que no supe qué sucedería ni tenía idea de la temática de la historia. Eso no evitó que la autora me atrapara desde el primer momento al mostrarme los hechos desde los ojos de Cathy, la hija mayor. Aunque es rebelde y quejosa vive una vida feliz y adora a su padre, su madre y sus hermanos. Me hubiera gustado que su familia se mantuviera intacta y me pegó mucho la muerte de su padre.

La autora logra, en unas pocas páginas, enamorarnos del padre de tal modo que es verdaderamente doloroso cuando muere. Como lector me angustié tanto como Cathy y su hermano mayor, los únicos capaces de comprender la gravedad del hecho más allá del dolor de la pérdida. C.V. Andrews me parece extraordinaria comunicando sentimientos sin decirlos de forma obvia y directa. Simplemente se sienten a través de su narrativa.

Llegó un punto de la novela en que me desesperó el aburrimiento de los cuatro hijos encerrados en una habitación de dos por dos… y estaba a punto de decir, enfuriado, “¡en este libro no pasa nada!” cuando caí en cuenta que eso es justo lo que la autora quiere que yo sienta. El lector no es sólo espectador de la historia, sino que, además, la vive al lado de sus personajes. Yo, lector, viví el mismo aburrimiento de los niños encerrados, la misma desesperación de los días (las páginas) que transcurren sin que suceda mucho. Por ende, agradecí cuando los hijos mayores empiezan a hacer cosas para que la vida (la novela) sea menos aburrida. Adornan el ático con flores de papel, leen libros viejos, enseñan a escribir a sus hermanos menores, buscan formas de salir y hacen lo imposible para que el aburrimiento no los (nos) consuma.

FEEA - Portada español

Los dos hermanos mayores, Christian y Cathy, pasan de niños a adolescentes encerrados como ratones de laboratorio. La vida los obliga a crecer, a volverse padres de sus hermanos menores, encargarse de la su salud y bienestar, pero, además, tienen que lidiar con su propia frustración e ir desvelando la realidad de los hechos: su madre se está olvidando de ellos. El hermano tarda en aceptarlo, pero Cathy, la narradora, lo entiende mucho antes y podemos sentir su furia, su desesperación y el dolor de la traición. La madre lo era todo para estos cuatro niños y hasta los pequeños de ocho años sufren en carne propia el rechazo de aquella que, se supone, debía amarlos sin condiciones.

El encierro no sólo merma su salud (no comen bien, palidecen por la falta de contacto con el sol, su actividad física es limitada), sino que los mete en un torbellino de emociones confusas que harían enloquecer a cualquiera. Sin más apoyo que un montón de libros viejos y una madre con respuestas limitadas, desinteresadas y que llegan una vez al mes, Cathy tiene que lidiar con la llegada de su menstruación y los cambios físicos de su cuerpo. Christopher comienza a tener deseos sexuales que no puede desahogar sino teniendo fantasías sexuales con su hermana, la única mujer que ha conocido. La autora no se censura y, desde la mente de Cathy, nos comunica de forma muy convincente la forma en que una adolescente desea a su hermano al mismo tiempo que rechaza y odia tal deseo. Porque es un pecado, porque la ira de Dios es fortísima, porque no quiere perder al único amigo que tiene… pero al mismo tiempo no puede dejar de desear su cercanía.

Como lector, me encontré igual de confundido que ellos. Sí, la simple idea del incesto pone los pelos de punta, pero también comprendemos a los personajes. El encierro los acerca de formas que ellos mismos no terminan de comprender. ¿Cómo identificar los límites entre el amor de hermanos y el amor de pareja? ¿Cómo lidiar con los afectos sexuales propios de la adolescencia si se convive en un área reducida con una sola persona que tiene las cualidades para desahogar el amor y el deseo heterosexual? ¿En que momento esa confianza, esa comunicación afectiva, esa sensación de tenerse sólo el uno al otro puede confundirse con amor? ¿O es que acaso lo es, aunque la biología y la cultura lo prohíban?

FEEA - V.C. Andrews, la autora

Virginia Cleo Andrews, la autora

La novela es incómoda, sin duda alguna. Desde el inicio, con la muerte del padre; luego el aburrimiento, el abandono y la angustia de la madre ausente; luego la incapacidad de lidiar con afectos nuevos, desconocidos y prohibidos; luego la enfermedad, la ignorancia y la inocencia de una vida que no ha sido curtida por el proceso de socialización. La autora no nos está contando una historia alegre, ni siquiera lo intenta, más bien nos mete en una vida lamentable en donde las necesidades de la psique humana son capaces de destruir la vida propia y la de los otros.

La madre, limitada por ser una inútil incapaz de ganar un centavo por sí misma, lastima a sus seres queridos con tal de tener unos dólares en la bolsa. La abuela, frustrada, amargada e ignorada por un esposo moribundo, descarga sobre sus nietos toda la crueldad de su fe y su dolor. Cathy y Christopher, sin saber de qué va la vida, se usan uno al otro para descargar los sentimientos más hermosos, pero también son víctimas de las pesadillas que atormentan sus días. Y el lector está en medio de todo eso, impotente. La impotencia que sentí al leer la novela no es menor que la que sienten los personajes y, repito, ahí el mayor acierto de este texto.

Lo recomiendo mucho. No es un libro fácil de leer ni está lleno de historias bonitas y emocionantes. En momentos duele, en momentos desespera, a veces aburre y siempre, de forma constante, arroja luz sobre el peor lado del ser humano. Pero también nos da chispazos de esperanza y nos muestra que la bondad y el amor pueden desarrollarse hasta en los tiempos más oscuros.

¡Buena Suerte!

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