Película. “Christopher Robin, Un Reencuentro Inolvidable” (Christopher Robin) – Marc Forster, 2018.

Siempre he sido fan de las historias de Winnie The Pooh desde que me acuerdo. No necesariamente por las historias como tal, sino por las diferentes personalidades de los animales y su representación en la mente del niño que juega con ellos. Hoy Disney nos ofrece otra de sus famosas “qué pasó después…” y he aquí mi punto de vista.

CR - Poster

La película comienza justo en donde terminan los cuentos de Winnie The Pooh, a saber, en el momento en que Christopher Robin tiene que dejar su casa para irse a un internado. Los animales de los Cien Acres están tristes, pero le hacen una comida de despedida.

La Segunda Guerra Mundial, el matrimonio y la paternidad hacen que Christopher se olvide de sus amigos imaginarios de la infancia. Luego de la guerra, se convierte en un adicto al trabajo como experto de eficiencia de una empresa que fabrica maletas de viaje y portafolios. Su jefe, el hijo consentido del dueño, lo hace responsable de aumentar las entradas de la empresa y le pide que haga algo que él no desea: despedir gente.

Sin embargo, Winnie Pooh regresa a su vida y lo distrae de la enorme carga de trabajo. Al principio, Christopher quiere deshacerse del oso para poder volver a sus papeles, pero poco a poco se verá abrumado por la magia de su infancia y los personajes que durante tantos años le ofrecieron su amistad.

CR - Pooh

A ver, vamos a ver esto por partes. Primero me voy a lo bueno. ¿Qué es lo bueno? Primero que nada, la imagen en general. No sólo la fotografía, que es muy bella, con unos encuadres estupendos, sino la forma en que la película mezcla la imagen fílmica con los dibujos que estamos acostumbrados a encontrar en los cuentos originales. ¿Es algo novedoso? No, se ha hecho millones de veces, desde “El Señor de los Anillos” hasta “Sherlock Holmes” pasando por la horrenda “Peter Rabbit”. Sólo que aquí viene mucho más al caso porque hace un vínculo muy lindo entre el cuento y la película.

Ewan McGregor muy bien, como siempre. No le conozco al tío personaje en el que no sea convincente. Por un lado, podría quejarme amargamente de que Christopher Robin no es un personaje bien construido, pues al único al que vemos en pantalla de principio a fin es al mismísimo actor haciéndose a sí mismo. Sin embargo, la interacción con los personajes es maravillosa, se lo compré completito y por eso sigo siendo fan del tipo.

Ahora a lo bueno: los personajes. Si he sido fan de Winnie the Pooh a través de los años es porque me encanta la forma en la que están construidos Winnie, Puerquito, Igor, Tigger y compañía. Son representaciones muy buenas (aunque algo simplificadas) de sentimientos infantiles o de síntomas psicológicos, si se le quiere leer más a fondo. Aquí los vemos, por primera vez, en la mejor de sus representaciones: son juguetes que viven, piensan y hablan.

CR - Todos

Siempre hemos sabido (y no) que las aventuras que Christopher Robin vive en los Cien Acres son imaginarias y que los animales que habitan el lugar son en realidad los juguetes que tiene en su recámara. Sin embargo, el medio (la animación tradicional) no nos permitía verlos tan literalmente como juguetes. Aquí, el director logra comunicar de forma maravillosa su naturaleza real, aunque el espectador pronto lo olvida.

¿Por qué lo olvida? Porque las actuaciones de voz son maravillosas. Jim Cummings, Brad Garrett, Nick Mohammed y compañía le dan a los animales tanta vida a través de su voz que pronto nos olvidamos que son personajes animados. Y ya que estamos en esto, que buena animación, la línea entre el ser vivo y el peluche se pierde. Sus ojos son de juguete, pero transmiten sentimientos con más vida que muchos actores de verdad.

Sin embargo, la animación y las voces poco lograrían si no tuvieran un guion del cual sostenerse. Winnie e Igor me arrancaron varias risas en algunas partes y un montón de sonrisas durante toda la película. Los diálogos están muy bien puestos y, mejor, están directamente vinculados a la personalidad de cada uno de los animales. La inocencia de Winnie es reminiscente de aquella bondad inherente de Paddington; la tristeza de Igor no cesa a pesar de lo bien que vayan las cosas y el positivismo de Tigger se mantiene fuerte a pesar de que todo se esté derrumbando.

CR - Mark Forster

Mark Forster, el director

Pero eso es lo único aplaudible del guion, a decir verdad. Todo lo demás es una copia fotostática del cliché del padre adicto al trabajo, el hijo que es decepcionado y abandonado una y otra vez y la esposa enojada que tiene que funcionar como mediador. Lo hemos visto miles de veces. Obviamente, no hay papá obsesionado con su trabajo que no tenga encima un odioso McGuffin, en este caso un portafolios lleno de los documentos importantes.

Luego está aquel niño lleno de imaginación e inocencia que se convierte, de repente, en un adulto que dejó todo eso atrás. También lo hemos visto muchas veces. El reencuentro con su pasado olvidado y cómo ello resuelve un montonal de problemas, como “Hook: El Regreso del Capitán Garfio”, o hasta la misma “Peter Rabbit”. Aquí, Christopher Robin quiere deshacerse de Pooh para poder trabajar y, en el camino, redescubre su infancia y eso resuelve miles de cosas.

Finalmente, el último convencionalismo: al final, todo se salva y cada conflicto de la cinta se resuelve de un plumazo gracias a la ayuda indirecta de Pooh y sus amigos. Y digo “indirecta” porque ellos no saben que lo están ayudando, pero sus acciones, derivadas de la inocencia, llevan a la epifanía que el personaje no tuvo durante toda la película y que lo salva todo en el último momento.

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El cierre es típico: Todos se ven beneficiados y el villano termina frustrado y descubierto en sus malas acciones. Christopher recupera la confianza de su esposa, el amor de su hija y el vínculo con su propia infancia. En el camino, carga de acá para allá un gráfico que parece haber sido diseñado en Excel (no sabía que ya existía en 1950) y que, a pesar de estar en papel, se convierte misteriosamente en un acetato cuando la historia así lo necesita.

¿Recomiendo la película? Sí, desde luego. Es un convencionalismo tras otro en una historia que hemos visto un millón de veces. Sin embargo, vale la pena por sus imágenes, su animación, pero, sobre todo, por los divertidos y tiernos personajes que la pueblan. Si eres fan de las historias clásicas de Disney no te la puedes perder y sin te gustan los personajes de los Cien Acres, entonces urge que corras a verla.

¡Buena Suerte!

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