Libro. “¿En Qué Creen los que No Creen? ” (In Cosa Crede Chi Non Crede?) – Umberto Eco y Carlo María Martini, 2000

Me recomendaron este libro sin que jamás hubiera escuchado de él. En cuanto me platicaron de qué iba se me antojó leerlo: un intercambio entre un no-creyente y un creyente sobre importantes preguntas de la modernidad que requieren de respuestas eficientes. Además, el intercambio es entre dos hombres brillantes: el gran semiólogo Umberto Eco y uno de los más brillantes teólogos católicos, el Cardenal Martini. Bueno, ni que decir que me lo eché en una sentada y aquí mi punto de vista.

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A finales de los años noventa, la revista “Litoral” publicó, una a una, ocho cartas que resultaron de un intercambio entre Eco y Martini. Generó tal interés, que luego fueron publicadas todas juntas en lo que hoy es “¿En Qué Creen lo que no Creen?”. En el año 2000 los dos señores fueron premiados con el Príncipe de Asturias (el cardenal en Ciencias Sociales y Umberto Eco en Comunicación). Ambos son, al parecer, maravillosos representantes de sus diferentes posturas ideológicas. Por un lado, Eco es un laico que durante toda su carrera profundizó en el significado de la realidad y es, hoy por hoy, uno de los grandes representantes de la historia de la comunicación moderna. Martini, por su lado, fue un filósofo jesuita y doctor en teología que trabajó durante años en la crítica textual del Nuevo Testamento.

¿Y qué temas se tocan en su intercambio? Pues son ocho cartas, cuatro de cada uno. Los primeros tres temas los comienza Eco y recibe respuesta de Matini. El último tema lo pone sobre la mesa Martini y lo responde Eco. El primer tema es el Apocalipsis, el final de los tiempos, la forma en que los cambios climáticos y la manera en que el hombre destruye al planeta nos está acercando al final del mundo. El segundo tema es cuándo inicia la vida, haciendo énfasis en la legalidad del aborto y las razones para permitirlo o prohibirlo. El tercer tema es el papel de la mujer en la Iglesia, ¿por qué el catolicismo prohíbe el sacerdocio a las mujeres? El último tema se cuestiona de dónde los no-creyentes toman su moral y su ética sin un bien objetivo como lo es Dios para los creyentes.

Desde el inicio, Eco y Martini dejan claro que el intercambio no será sobre temas en los que estén de acuerdo, pues el intercambio no tendría caso. Pero también dejan claro que sería infructuoso debatir sobre asuntos en los que no hay absolutamente ningún punto de encuentro entre creyentes y laicos… aunque sería bueno luchar y trabajar para que lo hubiera. Por ende, los temas elegidos por ambos escritores se limitan a aquellos en donde hay una duda real de parte de una postura hacia otra y en donde cabe una explicación para que del otro lado pueda construirse una comprensión que, aun si no guarda acuerdo, pueda ser respetada y reconocida.

EQCLQNC - Los autores

Umberto Eco y Carlo María Martini, los autores

En la contraportada de este libro me encontré con una promesa que me pareció falsa una vez terminado de leer el texto. Decía que María Martini no sería el típico creyente que cierra todas las puertas del diálogo con un “así lo dice la fe y punto”. En realidad, sí me encontré esta postura en, al menos, una de sus respuestas. Luego de que Umberto Eco le escribe sobre el papel de la mujer en la Iglesia, usando un montón de evidencia religiosa (que no laica) para ello, el cardenal sí le responde, en pocas palabras, que es un misterio y que ojalá se resuelva en un futuro. Es más, el título del capítulo de la carta de respuesta es, literalmente “La Iglesia no debe responder expectativas, sino celebrar misterios”. Así nada más. Así que, ciertamente, lo prometido no se cumple y, a mi sentir, el cardenal en muchas ocasiones se queda sin respuestas eficientes, lo cual demuestra, una vez más, que la enorme diferencia entre la fe religiosa y la ausencia de ella es que la fe está contenta con no tener respuestas, rellenar esa ausencia con la palabra “Dios” y echarse a dormir sobre el desconocimiento, pues dichos misterios han de ser celebrados en lugar de comprendidos.

Porque creo, honestamente, que esa necesidad de “celebrar el misterio” en lugar de investigar el misterio, surge de una profunda necesidad de no develar dicho misterio. Cuando Eco cuestiona por qué una mujer no puede ser sacerdote, no sólo argumenta utilizando el texto de la Biblia, sino usando las enseñanzas del gran maestro de la escolástica, Santo Tomás de Aquino. Construye, en su carta, una argumentación que termina en lo que puedo leer (entre líneas) como frustración. Un “¿por qué no?”. Y si bien Eco deja claro su respeto y el hecho de que no es responsabilidad de los no-católicos quejarse de quién puede o no ser sacerdote, también pone sobre la mesa esa pregunta con interés fidedigno. Y la respuesta del otro lado es la de siempre: es un misterio, es cosa de fe, claro que hay contradicciones, pero dejemos de verlas atentamente porque son molestas. Y entonces uno de los más brillantes cardenales del catolicismo demuestra cómo la teología sigue siendo, utilizando términos de Freud, parte de una ilusión que exige que no se examine ni se profundice.

Me preguntaba alguien recientemente: si la fe religiosa no se sostiene por sí misma, ¿cómo es posible que hombres tan sabios y tan preparados puedan seguir una fe sin el menor de los problemas? La respuesta está en las palabras del cardenal Martini: puede ser doctor en teología, un brillante filósofo, un maestro de las ciencias sociales, pero en cuanto ve su sistema de creencias caer en una contradicción, prefiere pensar y defender que la contradicción es parte de su belleza, parte del misterio divino. De nuevo caemos en un Dios selectivo que ha dejado clarísimas tantas cosas pero otras muchas las mantiene en un velo de misterio. No de errores, no de inconsistencias, no de falta de evidencia, no de aportaciones sin sentido que no tienen asidero en la realidad… No… misterios. Que hermoso, que cosa tan bonita.

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Umberto Eco

Sobre los otros temas, creo que son mucho más interesantes porque el diálogo se desarrolla con más acuerdos y un interés legítimo en el intercambio de ideas. Pero esto, por interesante que resultara, me frustró un poco. ¿Por qué? Porque el diálogo es demasiado civilizado. Una discusión entre un laico y un creyente no puede ser tan falta de pasión, tan desnudada de la fuerza que se espera de ello. Estos dos hombres se respetan muchísimo y se puede leer en cada una de sus líneas el cuidado que se están tomando para no ofender al otro. Hay en las cartas explicaciones de varias páginas en donde ambos explican por qué dicen lo que dicen o preguntan lo que preguntan, en donde dejan claro que es con respeto, en donde estiman importante subrayar que no tienen mayores intenciones que el intercambio y la comunicación. Y en temas como “la santidad de la vida” y el “derecho al aborto” creo que no es posible andarse caminando de puntitas.

Entonces, en este intento por ser tan políticamente correctos y educados el uno con el otro, dejan la pasión de lado. No la cultura, no la profundidad, pero sí la entrega que estos temas requieren en un debate que sigue diecinueve años después de que este intercambio epistolar se llevara a cabo. ¿Y todo para qué? Para no lograr nada, para no tener respuestas nuevas. Umberto Eco pone sobre la mesa el tema de en qué momento se considera que un ser humano es un ser humano que merece vivir (respecto a la legislación que decide cuándo un aborto es o no legal). El cardenal responde lo de siempre: la santidad de la vida. Dios infunde al ser humano con un alma desde el momento uno de la fecundación. ¿Y los demás temas? Ignorados. Todos aquellos espacios oscuros que genera la discusión sobre el aborto ni se mencionan o se les pasa por encima. La criminalización del aborto, las clínicas ilegales, las muertes por abortos no-seguros, el desarrollo psicológico de la madre que desea abortar, las consecuencias físicas o psicológicas del aborto… Nada de eso. Son temas demasiado complicados para un intercambio tan decente, supongo.

Además, en varios puntos de la lectura me di cuenta que las cartas no son entre dos contrarios, como la editorial nos presume. Pensé que serían dos polos opuestos discutiendo, llenos de cultura y conocimiento, respecto los temas puestos sobre la mesa. Pero en muchos casos están más de acuerdo de lo que me hubiese gustado. Por ejemplo, en el tema del aborto, Umberto Eco empieza dejando claro que está en contra, que el embarazo debe llegar hasta el nacimiento y que no entiende por qué alguien detendría “el milagro” de la vida. Y vale, está muy bien, es muy respetable, que una persona no sea creyente no la hace al instante pro-aborto. Pero si quiero poner en jaque los pensamientos de un pro-vida, le pongo enfrente a un pro-aborto y viceversa. Pensé que esté libro me tendría mordiéndome las uñas sin saber qué postura tomar luego de maravillosos, intensos y profundos debates sobre los temas que se desarrollan. Y la verdad es que no.

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Carlo María Martini

En un par de ocasiones, Umberto Eco le dice al cardenal que deberían reducir el nivel de su discusión, pues muchos de sus lectores no la están pudiendo seguir. El cardenal le responde que no, que los lectores se adecuen al nivel y que así podrán aprender. Esto me sacó un poco de quicio, porque ésta no es una discusión que a mí me costara trabajo seguir. Es una charla de pensamiento, es una conversación de un nivel bastante tranquilo. Pero luego leí un par de críticas de este libro y otra vez me encontré con gente lloriqueando lo complejos que están los temas, la forma en que se necesita dominar el pensamiento católico para comprender este epistolario. Jamás me sentí así. De hecho, creo que ambos hombres son bastante claros en el desarrollo de sus argumentos y todo lo van construyendo poco a poco. Quien no entiende este intercambio es porque no puso atención, porque no hay pre-requisitos para comprenderlo. No es que necesitemos leer la “Summa Teológica” de Santo Tomás cuando que Umberto Eco la cita cada que hace referencia a ella. Lo mismo con pasajes bíblicos. Yo diría que no es un libro complejo para nada, al contrario, es tan sencillo que se puede leer de una sentada.

Pero, si ya estoy hablando de este tipo de cosas (de la supuesta complejidad de las ideas que se desarrollan) entonces debo mencionar que me sorprendió encontrarme algunas cosas de parte de ambos hombres, a saber, errores en la comprensión de posturas filosóficas o ideológicas. Por ejemplo, Umberto Eco (y esto me sorprendió tremendamente) asegura que no entiende cómo alguien puede ser ateo, que no comprende cómo alguien puede no creer en Dios. ¿Por qué no? El ateísmo no es negar la existencia de Dios, ni creer que su inexistencia es comprobable, como él supone, sino inclinarse a la creencia (repito, la creencia) de que Dios no existe. El ateo y el religioso creen: unos creen que Dios no existe y otros creen que Dios existe. Ambos creen. ¿Por qué a Eco le parece tan inverosímil?

Con esto termino. Léanlo si les gusta el tema de la religión y su aplicación en asuntos de actualidad. Léanlo si son fanáticos de Umberto Eco, su pensamiento y su forma de pensar. No creo que sea un libro que los hará pensar mucho porque, insisto, para la profundidad de la que eran capaces estos dos hombres, se quedaron mucho por la superficie, pero de todos modos es un intercambio interesante y divertido que se puede leer de una sentada. Así que, adelante.

¡Buena Suerte!

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