“El Séptimo Sello” de Ingmar Bergman… cómo comunicar el conflicto de forma sutil, pero efectiva.

“El Séptimo Sello”, dirigida por Ingmar Bergman y estrenada en 1957 es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Quisiera platicar un poco de cómo este director hizo una película que no sólo expone el conflicto desde el primer momento, sino lo hace herramientas muy sutiles de narrativa cinematográfica.     

Vámonos al primer minuto. Una voz nos lee las Revelaciones de San Juan. El último libro de la Biblia, interpretado por los cristianos a lo largo de la historia como la narración de los últimos tiempos. El séptimo sello, el último que abre el cordero en el capítulo 8 versículo 1. El Apocalipsis. La música y el cuervo en el cielo ya nos hablan de la muerte, esa ave siempre ha sido asociada con el más allá, un mediador entre la vida y la muerte.

La película inicia en silencio. Vemos a Jons, el escudero, dormidísimo. A Antonius Block, el caballero, despierto, intranquilo. Grandioso Actor Max Von Sydow que se nos acaba de morir. ¿Por qué el silencio? Porque Bergman quiere que escuchemos las olas, el ir y venir insistente del mar. ¿Para qué? Aguanten…

El cuervo, el Apocalípsis, el inminente fin de los tiempos en una peícula que se desarrolla en tiempos de la peste negra que acabó con media Europa. Pero ahora nos regala un momentazo. El caballero quiere rezar y… no. No le encuentra sentido. ¡Esto es buenísimo! Estamos en la Edad Media, en una época donde todos eran católicos, aún no llegaba Martín Lutero con las 40 tesis que quebraron el cristianismo en miles de pedazos. El caballero trae la cruz en el pecho… y no cree, no le encuentra sentido a rezar. Bergman nos demuestra que es un director que confía en la cultura de sus espectadores. Si no sabemos aunque sea un poco de historia, este detalle se nos escapa.

Si quieres ver este contenido en video, puedes dar click acá. O sigue adelante si quiere sólo leerlo. Recomiendo ver el video dado que acompaño los puntos con las imágenes específicas de la película:

Y ahora sí, aquí llegamos al punto. ¿Para qué tanto silencio? Para escuchar el insistente ir y venir de las olas. ¿Para qué? Porque en el momento que aparece la muerte, las olas quedan en silencio. Bergman utiliza el audio para mostrar cómo el mundo de los vivos cambia. No se detiene, pero deja de funcionar como siempre. El mundo metafísico está frente a nosotros.

La muerte conoce al caballero, le dice que lo ha acompañado y el caballero lo sabe, ha sobrevivido en batallas. Su cuerpo está listo, pero él no. Esa es la condición humana SIEMPRE. Ya sea por vejez, por enfermedad, por lo que sea, el cuerpo es el que nos abandona, la mente no. La mente nunca quiere morir. La mente muere porque se ve obligada a ello cuando el cuerpo cede.

El caballero le pide que espere y la muerte le dice que eso le dicen todos. Pero el caballero, que ha visto a la muerte jugando ajedrez en los frescos religiosos, sabe que ella es fan del juego. Le invita a jugar con él una partida de ajedrez. El caballero quiere vivir más. ¿Por qué? No lo dice. A la largo de la película vemos que Antonius Block quiere encontrarle sentido a la vida. Volvió de las cruzadas como un ateo. No quiere morir si no hay una nueva vida esperándolo del otro lado, como la religión cristiana ofrece. Quiere certeza, pero no tiene forma de alcanzarla. Esto es Bergman colocando sus sentimientos en una cinta de 35 milímetros. Bergman era un ateo que habló muchas veces de su miedo a la muerte. Por eso es común ver en su cine la dificultad hacia la idea de la muerte, la reverencia, el miedo. Él decía que el teatro era para divertirse pero que el cine era para expresar sus demonios. Éstos son sus demonios: qué miedo morirme si no tengo la certeza de que mi existencia continuará.

Ingmar Bermgman, el director

El ajedrez es, además, una expresión de la guerra, de la vida, de las clases sociales. Un juego que se asocia con la Europa medieval por el diseño de sus figuras, aunque su origen esté en la India. En ese tablero están los caballeros, los reyes, los castillos, los peones y los obispos. El rey está representado por la cruz cristiana. El caballero y la muerte jugarán en un juego que representa la vida misma. Se juegan, literalmente, la vida en un tablero.

Y con esto arranca quizá la película más celebrada de Bergman. Apenas lleva cinco minutos y ya fue una clase sobre cómo usar el sonido de forma tan escueta y tan clara. De cómo iniciar el conflicto de forma tan sutil pero amenazante, pero considerando al espectador como una persona culta. De cómo sin una sola palabra puedes establecer tantas cosas usando el contenido del encuadre. En el cine actual es muy común que los personajes tengan que dejar tan claro todo con diálogos obvios y repetitivos. Bergman demuestra que el cine bien hecho puede dejar claros mensajes complejos usando únicamente la imagen.

¡Buena Suerte!

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